Fortaleza gubernamental y llamadas de atención en China

In Análisis, Autonomíasby PSTBS12378sxedeOPCH

Por ahora es totalmente erróneo pensar, así sea como hipótesis, que el Estado chino y sus instituciones, del partido a la Asamblea Popular Nacional, pasando por el ejército, se hayan debilitado por los acontecimientos de la Región Autónoma del Tíbet; mucho menos, se puede considerar la inminente atomización del territorio, aun sea mínimamente. Son hechos, no halagos, sustentados en el control gubernamental mantenido sobre las zonas tibetanas y, sobre todo, por el reciente encuentro sino-taiwanés de alto nivel.

Pongamos los acontecimientos en perspectiva:

Para envidia de muchas elites políticas, principalmente latinoamericanas, las chinas tienen considerablemente claro qué quieren y cómo obtenerlo, ante lo cual supeditan lo superfluo, no sin errores y escollos enormes. Aparentemente zigzagueantes y contradictorias, sus políticas internas y externas son producto de una compleja red de negociaciones, donde obviamente se cede, y las cuales se dan en contextos dominados por los siguientes elementos que representan los objetivos esenciales estatales:

 

1. Una serie de principios de política exterior, donde destaca lo relativo a la soberanía, que son relativamente inflexibles.

2. El incremento-recuperación gradual de territorio.

3. Fortalecimiento económico del país, buscando disminuir las desigualdades.

4. Ser un actor activo en todo terreno y propositivo a nivel global multilateral en vías de convertirse en potencia.

5. Influir de manera directa y bilateral en acontecimientos nacionales, lo que le convertiría en una potencia indispensable, confiable y creíble; pero sobre todo, poderosa.

6. El domino político-ideológico-material del Partido Comunista como condicionante casi único para que los cinco elementos anteriores cristalicen.

 

De los seis, me detengo en los dos primeros. Uno de los elementos políticos claves para entender a China es el relativo a la defensa de su soberanía, sobre todo espacial. Defensa que se convierte en algo incomprensible si se le limita a adjudicársela a una preocupación enfermiza del liderazgo y que produciría un nacionalismo igualmente incomprensible por su aparente irracionalidad. Habría que anotar cuatro elementos:

 

a. En el origen, sobre ello hay una cantidad agobiante de lecturas, está el nacionalismo. La actual República Popular China existe gracias a la existencia de una fuerza política que pudo construir el nacionalismo, tanto como ideología de movilización política y militar que como institucional.

b. El llamado nacionalismo chino, no menos “chocante” que, por ejemplo, el estadounidense y tal vez menos estridente, es igualmente producto de y reacción a determinadas circunstancias históricas.

c. Existen variantes de nacionalismo, entre las que destacan el impulsado por el gobierno, el que surge de forma más o menos espontánea en las calles y el de diferentes grupos de intelectuales considerablemente alienados respecto al Estado. Hasta ahora, el primero y el segundo coinciden casi en todo, se fortalecen mutuamente.

d. Por supuesto, en la tres variantes anotadas falta el (proto) nacionalismo de grupos étnicos diferentes a los han. (Proto) nacionalismo que, bajo ciertas circunstancias, puede convertirse en un elemento político de importancia considerable, más allá de la cual es preciso hacer una línea demarcadora entre las ideas-aspiraciones existentes en elites y poblaciones locales. Precisamente en eso reside una de las principales debilidades de los movimientos opuestos a Beijing, una debilidad que el Partido Comunista tuvo durante años antes de 1949: ideológicamente caminaba paralelamente a las aspiraciones de las masas.

e. El tema de la soberanía tiene puntos no negociables, como podría ser la división territorial; y negociables, como la cooperación en diferentes temas, como el de la seguridad. Pero incluso en situaciones extremas, la negociación no es algo ajeno, como parece ser el encuentro entre Lamas y Beijing, según comentó el Dalai Lama, tal vez imprudentemente, el 12 de abril de 2008.

f. Por lo anterior, la permeabilidad de los funcionarios chinos ante las influencias exteriores es considerable, pero está en función de todo lo anterior. No se da en todo, pero tampoco desaparece totalmente.

 

Si uno logra engarzar los componentes de los seis puntos, es posible comprender la política china en su complejidad, para dejar de explicarla como reacciones viscerales de entes sin políticas, cegados por la ira y sedientos de sangre. Nada más alejado de la realidad, sobre todo de una elite cada vez más sofisticada e influida por diferentes elementos culturales externos.

Desde la segunda posguerra mundial, China ha sido el Estado más exitoso, ¿el único?, en cuanto a expansión territorial se refiere, lo cual ha logrado pagando costos relativamente bajos y dosis de violencia considerablemente menores a las sufridas en otras partes del planeta, eso sí con una cantidad enorme de errores, lo mismo económicos, respecto a las formas de tenencia de la tierra; que políticos, sobre todo de intolerancia religiosa.

Dentro del gran panorama, preocupante en muchos sentidos, sobre todo por lo acuciante y real de sus problemas, el Tíbet es una parte pequeña de un rompecabezas enorme y que se arma de diferentes maneras, con piezas sueltas, que son de un enorme peso simbólico, histórico y económico. Lo mismo en retrospectiva que en perspectiva, las diferencias y dificultades entre las fuerzas políticas a ambos lados del Estrecho de Taiwan tienen un mayor peso específico, pese a su debilidad mediática actual. Son tres los casos más conocidos donde dos pueblos fueron divididos territorialmente y políticamente: alemán, coreano y chino, pero éste último sobresale por su importancia global.

La reunión entre el presidente chino, Hu Jintao, en su calidad de Secretario General del Partido Comunista, y el próximo Vicepresidente de Taiwán, Vincent Siew, como presidente de la Fundación para el Mercado Común en el Estrecho, celebrada el 12 de abril de 2008, en Hainan, representa un nuevo escalón hacia una cumbre entre los dos presidentes, Hu y Ma Ying-jeou, pero no como tales, que representará el clímax del acercamiento entre un sector político isleño y Beijing. La unificación no parece cercana y/o automática, como ha señalado Xulio Ríos; además, los viejos enemigos, nacionalistas y comunistas, ni siquiera se han detenido a reflexionar sobre qué los separó a partir de 1927, si es que algo los unió sólidamente antes. De hecho, no parece importarles, lo que han hecho en los últimos años es levantar una alianza sustentada sobre dos ejes claves:

 

a. Ideológico-identitario: Lo importante es dejar en claro que China, en el continente como fuera de él, debe ser gobernada por los han, el grupo étnico con pretensiones de hegemonía y homogeneidad.

b. Político: Con una enorme carga pragmática, se retroalimentan para lograr su permanencia en el poder, los comunistas; y regresar a él, los nacionalistas.

Independiente de las formas específicas que tomen los acercamientos Beijing-Taipei, la realidad es que la imaginación debería tener un lugar privilegiado: las negociaciones, inclusive su ausencia, de acuerdo a la experiencia tibetana y hongkongesa, serán muy diferentes. Por supuesto, cada uno tiene su agenda particular, la cual está en pleno proceso de materialización. Lo que parece fácilmente predecible es que la creciente integración económica se fortalecerá. Del éxito y la profundidad de la misma, dependerá el avance en otros campos.

 

Lo relevante, muy lejos de la imagen de los medios, es la capacidad gubernamental china para mantener las riendas lo suficientemente tensas para controlar sucesos adversos, pero considerablemente flojas como para que las fuerzas sociales contribuyan de forma definitiva a la fortaleza del país.

En última instancia, la legitimidad del régimen no está en juego, no obstante las fuertes críticas de uno u otro lado. Los discursos y acciones tradicionales de sus opositores no le hacen mella, como no lo hace el enfrentamiento de esos. Por el contrario, una serie de jugadas adecuadas, y por qué no un as bajo la manga, fortalecerán al gobierno chino, que dentro 12 meses no cabrá de gozo por sus logros, pero que mal haría si se durmiera en sus laureles. Hay llamadas de atención que, pese a las grandes victorias, merecen tomarse en cuenta para ganar la guerra.