Hong Kong: en rumbo de colisión Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Análisis, Autonomíasby Xulio Ríos

Cuanto más se profundiza la crisis de Hong Kong más parece que todo avanza hacia un túnel sin otra salida que un desenlace trágico. El endurecimiento de la acción policial no desalentó a los manifestantes. Tampoco la supuesta connivencia entre la policía y las bandas mafiosas produjeron el resultado quizás esperado por las autoridades locales y centrales. Una nota reciente en el diario oficial del Partido Comunista de China, el Renmin Ribao, apelaba casi a la desesperada a la “mayoría silenciosa” del territorio para que no permanezcan indiferentes y se movilicen para “parar a los radicales”. Hasta ahora, las concentraciones en apoyo de los gobiernos local y central se saldaron con un modesto seguimiento. Mientras, nuevos destacamentos de la policía armada fueron trasladados a la vecina Shenzhen, al otro lado del río Perla.

China ya calificó el actual movimiento de intento de “revolución de color” (una movilización que combina el recurso a la violencia y el discurso pro-occidental). Se basa para ello en la reiteración de acciones minoritarias de grupos radicales que no dudaron en asaltar el Consejo Legislativo o asediar la Oficina de Enlace con el Gobierno central y hasta comisarías de policía. La paralización pacífica del aeropuerto internacional redundará en el relato del grave impacto económico de las protestas y Beijing ya elevó el tono para introducir los “indicios de terrorismo”.

Las autoridades chinas, que validaron la retirada del proyecto de ley de extradición que está en el origen de las primeras movilizaciones masivas, culpan de la persistencia de la crisis a las interferencias occidentales (EEUU y Reino Unido, esencialmente) que se remontan, como poco, a las audiencias del vicepresidente Mike Pence (enemigo declarado de China, según Beijing) con líderes hongkoneses. Pence enunció en octubre del pasado año en el Instituto Hudson una nueva política hacia China señalándola como la principal amenaza a los intereses de la superpotencia.

El despliegue de banderas estadounidenses y británicas por parte de algunos manifestantes resulta especialmente humillante para China. Y especialmente desafortunado para cualquiera que tenga una mínima memoria de los abusos cometidos por los occidentales en China. Que Londres se rasgue ahora las vestiduras es un ejercicio de manifiesto cinismo cuando durante la ocupación colonial del “Gibraltar del Este” saboteó cualquier propuesta de reforma, frustrando incluso los tímidos planes del laborista Clement R. Atlee que alternó el miedo a las exigencias de Mao tras el triunfo de la Revolución con el intento de avances políticos. Es fácil ver en los planes a toda prisa del último gobernador de la Corona, Chris Patten, un claro propósito de dificultar la retrocesión en los términos pactados. Nunca Occidente en su conjunto manifestó seria preocupación alguna por la democratización de Hong Kong antes de 1997. Decir que Hong Kong pasó de tener un gobierno libre y democrático a uno no democrático desde 1997, como dicen algunos, es simplemente falso. Cierto que disponían de algunas libertades, pero la colonia británica de Hong Kong nunca fue una democracia liberal.

El vertiginoso deterioro de la situación está sirviendo al PCCh para presentar ante la sociedad china estos movimientos como de “niños mimados” que se “resisten a la penetración” progresiva de la influencia continental… La sucesión de fracasos políticos de esta estrategia arranca de 2003, al poco por tanto de producirse la retrocesión. Y se podría estar gestando ahora un cambio abrupto de política.

No está claro tampoco que el movimiento cívico de Hong Kong inspire a la sociedad civil del continente. Por el contrario, lo que está es provocando una ola de sentimiento nacionalista que blinda aún más al PCCh. La principal expectativa es que el deterioro de la situación provoque un cisma interno al máximo nivel a la hora de decidir el rumbo a seguir.

En la vecina India, hace unos días, el presidente Modi se cargó de un plumazo el estatuto especial de Cachemira, la partió en dos territorios, mandó 25.000 soldados a la zona y detuvo a cientos de líderes políticos. Y las democracias de Occidente no abrieron la boca. Pero si China toma decisiones similares en Hong Kong, la tronada sería planetaria.

Hong Kong es parte de China. Sabido era que la fórmula “un país dos sistemas” tenía fecha de caducidad. Deng Xiaoping dijo que el capitalismo permanecería 50 años en la región autónoma, no para siempre jamás. Hasta ahora, China intentó la vía gradual de homologación. Pero es comprensible que los hongkoneses no quieran perder sus libertades y peleen por conservarlas.

¿Cuánto tiempo puede mantenerse este tira y afloja? El 1º de Octubre, China celebrará el 70º aniversario del triunfo del PCCh. Es previsible que Xi Jinping tiente eludir el recurso a medidas extraordinarias, cuando menos antes de esa fecha. Arruinaría la fiesta. Y el 20 de diciembre, Macau acogerá las conmemoraciones del 20 aniversario de la devolución con la prevista asistencia de Xi Jinping. Y, por último, el 11 de enero de 2020, Taipéi celebrará unas decisivas elecciones legislativas y presidenciales en las que la crisis de Hong Kong alienta las expectativas independentistas de revalidar mandato. Las tres fechas son también referenciales para la oposición en Hong Kong y animan a mantener viva la protesta.

El PCCh es el artífice de un enorme milagro en China. Beijing anunciará el año próximo la plena erradicación de la pobreza en su territorio. El “socialismo con peculiaridades chinas” ya no rimará con atraso y miseria extrema. Pero queda aun otra materia pendiente: rimar socialismo con democracia. Y será la clave de la estabilidad en los próximos años.