China, a la conquista de América Latina

In Análisis, Política exteriorby PSTBS12378sxedeOPCH

La coincidencia de la visita del presidente Hu Jintao a tres naciones de América Latina (Costa Rica, Cuba y Perú) durante el pasado mes de noviembre con el anuncio de la integración de China en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) como país donante unos días antes y la publicación de un Libro Blanco sobre América Latina, en el cual se sintetiza la estrategia política del gigante oriental en esta región (1), evidencian de forma contundente el creciente interés de Beijing por América Latina. Hu visitó también la región en 2004, con escalas en Brasil, Chile, Argentina y Cuba, llevando consigo grandes promesas de inversión, muchas de las cuales nunca llegaron a materializarse. En 2005 visitó México. Por otra parte, solo en 2008, visitaron China los presidentes de Chile, Brasil, Perú, México y Venezuela. Ambas partes perseveran en la búsqueda de un lenguaje común. 

El ingreso de China en el BID como país donante, después de quince años de intensas negociaciones, es revelador tanto de la intensidad y efectos de la crisis financiera actual –lo que ha permitido acelerar el delicado proceso de adhesión- como de la creciente influencia de Beijing. China se ha comprometido a aportar 350 millones de dólares para fortalecer algunos de los programas clave de esta entidad, incluyendo préstamos blandos destinados a Bolivia, Guyana, Haití, Honduras y Nicaragua (2). El ingreso de China en el BID como miembro de pleno derecho contribuirá de forma decisiva a la capitalización de esta institución, el principal prestamista de los países latinoamericanos y del Caribe. En él participaban ya otros dos países asiáticos: Japón y Corea del Sur.  

Los objetivos generales de la aproximación china a la región son bien conocidos. De una parte, económicos, y centrados, al igual que en África, en la necesidad de acceder a las materias primas necesarias para impulsar su crecimiento, y, asimismo, desarrollar el comercio bilateral. De otra, políticos, con la perspectiva de aumentar su influencia y cosechar apoyos a su visión de un sistema internacional en permanente cambio. En este sentido, el nuevo clima existente en las relaciones con Taiwán desde la llegada de Ma Ying-jeou a la Presidencia, ha abierto una “tregua” diplomática entre la isla y el continente dejando a un lado la difícil pugna por las alianzas, especialmente intensa en la región de América Central, donde solo Costa Rica reconoce a Beijing. La consolidación de dicha tregua repercutirá en el impulso de las relaciones económicas y en la afirmación de un entendimiento político que pasará a segundo plano dicha tensión. 

El incremento de los intercambios económicos entre China y la región ha experimentado un crecimiento exponencial en los últimos años. En 1995, China era el decimosegundo socio de América Latina, con un volumen comercial que apenas superaba los 8.000 millones de dólares; en 2007, sin embargo, ocupaba ya la segunda posición, multiplicando por trece aquel volumen de intercambio. El comercio bilateral, por otra parte, ha superado los 100.000 millones de dólares, objetivo fijado en 2004 para ser alcanzado en 2010. Según Xu Yinzhen, subdirectora del Departamento de Asuntos  Americanos y Oceánicos del Ministerio de Comercio de China, el comercio entre su país y Latinoamérica aumentó el 52  por ciento en los primeros nueve meses de 2008 para alcanzar un  valor de 111.500 millones de dólares (3) .  Según las cifras de las aduanas del país asiático, las  exportaciones de China a la región latinoamericana en los primeros tres trimestres del año crecieron el 48,9 por ciento y alcanzaron la cifra de 54.500 millones de dólares. Por su parte, las importaciones aumentaron el 55,2 por ciento hasta sumar los 57.000 millones de dólares.  China no solo exporta baratijas a América Latina sino que se concentra en productos tecnológicos mientras adquiere componentes electrónicos (Costa Rica), aviones (Brasil), cerveza (México) o vino (Chile), atisbando las oportunidades que ofrecen sectores como la pesca, las telecomunicaciones o las infraestructuras.  China y Brasil, por ejemplo, cooperan en el uso pacífico de la energía nuclear y en la exploración espacial.

Las principales apuestas chinas en la región apuntan al desarrollo de los rubros relacionados con la energía y las materias primas, a las infraestructuras y la cooperación tecnológica, con un pragmatismo que da cuenta de la escasa presencia de los factores ideológicos (el comercio con Cuba, por ejemplo, es inferior al registrado con Panamá, a pesar de no mantener relaciones diplomáticas con este país), si bien apreciando el giro político registrado en la región en los últimos años y mimando los nexos bilaterales tradicionales (China fue de los primeros países en ofrecer ayuda a Cuba –más de un millón de dólares- tras el paso de los huracanes Ike y Gustav).  

En la segunda cumbre empresarial China-América, reunida en Harbin, capital de la nororiental provincia de Heilongjiang, en la segunda quincena de octubre último, se ha dado una nueva vuelta de tuerca a la cooperación empresarial, considerada la “fuerza principal” para impulsar la cooperación entre China y América Latina. Por otra parte, en cuanto a la inversión directa no financiera en la región, que abarca comercio, manufactura y exploración de gas y petróleo, la cifra ascendió a 24.960 millones de dólares en junio de 2008, una cantidad poco relevante y que podría aumentar en años venideros teniendo en cuenta las inmensas reservas de divisas de que dispone este país. Brasil, México, Argentina, Chile y Perú son sus socios más importantes en la región y primeros beneficiarios de un hipotético impulso inversor.  

¿Solo economía?  

China ha establecido asociaciones estratégicas con Brasil (a mediados de los 90) y, más tarde, con Venezuela, México, Argentina y Chile. Ahora, con Perú. Desde 1991 participaba en el BID como país observador, desde 1993 en la Asociación de integración de América Latina, y desde 2004 en la Comisión Económica de la ONU para América Latina y el Caribe. Cuenta, además, con presencia policial en Haití –país que reconoce a Taiwán- en el marco de una misión de Naciones Unidas. En el citado Libro Blanco sobre la política de China en la región, el tercero después del referido a la UE (2003) y a África (2006), Beijing defiende una estrategia basada en el fomento de una relación equilibrada y la firma de Tratados de Libre Comercio (ya en vigor con Chile y en fase de negociaciones con otros países como Perú o Costa Rica) y el estimulo de las inversiones, habida cuenta de su reconocido potencial y la existencia de ámbitos de cooperación múltiples y diversificados.  Dicho proceso avanza, pero no sin fricciones, producto de la asimetría de ambas economías y los riesgos que ensombrecen las oportunidades de negocio. 

En lo político, China ansía el establecimiento de alianzas sólidas con los países de la región (4), fomentando la cooperación Sur-Sur y en asuntos globales que abra camino al logro de un mayor peso internacional en el contexto del reordenamiento en curso, acentuado por causa de la crisis de las economías desarrolladas. Por otra parte, pese a que su sistema político suscita mucho menos entusiasmo que sus éxitos económicos, coinciden ambos actores en el anhelo de fortalecer la soberanía nacional frente a los intentos externos de influir o condicionar sus decisiones. (5) 

En el patio trasero de Estados Unidos 

Para los estados de América Latina, los beneficios de una relación más estrecha con China no son solamente económicos. A diferencia de EEUU, considerado en muchas capitales del hemisferio como un vecino arrogante y promotor de un intervencionismo desestabilizador, China aparece como un socio aceptable y respetuoso. La posible mejora de las relaciones bilaterales ante la expectativa de un cambio en la política estadounidense hacia la región ha redoblado la oportunidad de la reciente gira de Hu Jintao.  

El avance chino en la región suscita una relativa preocupación en Washington. China asegura no querer competir con EEUU y ha promovido el establecimiento de un diálogo estratégico (2006) en el que participa, por parte estadounidense, Tom Shannon, subsecretario de Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, con el declarado propósito de evitar cualquier conducta que pueda ser interpretada como un desafío. China es, en extremo, cauta y observadora de las preocupaciones de Washington. Quizás por ello, el presidente Hu Jintao ha eludido Caracas en su última agenda, a pesar de que Hugo Chávez ha visitado China en cinco ocasiones desde que reside en el Palacio de Miraflores y que Beijing ha iniciado la construcción en Venezuela de hasta 200 fábricas “socialistas” (para producir desde electrodomésticos a celulares) y reafirmado la cooperación en sectores estratégicos como el petróleo o la petroquímica.  

China, por otra parte, mantiene intercambios militares con 18 países de la región y las visitas de delegaciones castrenses oficiales profundizan en unas relaciones que abarcan desde la capacitación militar a la hidrología. Cada año docenas de oficiales latinoamericanos estudian en los colegios militares chinos o asisten a seminarios organizados en dicho país para oficiales superiores. De igual forma, China ha enviado sus militares a formarse en Venezuela, Chile o Argentina. Desde 2007, se han organizado dos rondas de seminarios para oficiales superiores de defensa procedentes de los países caribeños. (5) 

La intensificación de las relaciones de China con América Latina puede derivar en dos escenarios principales. El primero vendría determinado por un aprovechamiento de su participación en el proceso económico de la región, posibilitando fórmulas de desarrollo que favorezcan la estabilidad regional. En el segundo, pesarían más los inconvenientes, no solo por los efectos inmediatos de esa relación, negativos, por ejemplo, en materia de empleo, medio ambiente o profundizando el perfil agroexportador  de algunas economías, así como por el surgimiento de una nueva dependencia que dificulte una inserción adecuada de la región en la economía mundial, sino también por el incremento de las interferencias de EEUU, si llega a considerar la necesidad de contener la influencia china y dispone aún de capacidad para ello.  

España es historia y cultura, pero no poder 

La cooperación estratégica entre España y China en relación a América Latina no parece fácil, a pesar de que numerosas voces reivindican la presencia y experiencia española en la región, circunstancia que pudiera dar lugar a cierto interés por parte del gigante oriental. Pero más allá de casos particulares y puntuales, tiene difícil cabida. ¿Por qué? China ubica a España en relación a América Latina en el orden de la historia y de la cultura, pero no en términos de poder. España, aún participando en la reunión del G-20, no es un país líder. Ese diagnóstico, realista y pragmático, cuenta en China y cuenta mucho.  

Tampoco los países de la región precisan apoyarse en España para llegar a China ni se cuenta, a propósito de la lengua castellana, con una plataforma como el Foro de cooperación de China con los países de habla portuguesa que, de existir, pudiera depararle cierto papel protagónico. Pensando en América Latina, en el ámbito de la seguridad y de la influencia efectiva, EEUU es el líder y por eso el diálogo estratégico en este tema avanza con Washington y no con Madrid, cuya imagen en la región acumula, además, serias taras de credibilidad.   

CITAS: (1)   Su contenido es accesible en www.politica-china.org.(2)   Despacho de la agencia de noticias Xinhua, 25 de octubre de 2008.(3)   Idem., 21 de noviembre de 2008.(4)   Wang Hailou, China busca nuevos avances en América Latina, en Renmin Ribao, 21 de noviembre de 2008. (5)   Ríos, Xulio. Mercado y control político en China (La Catarata, Madrid, 2007). (6) Despacho de la agencia de noticias Xinhua, 16 de noviembre de 2008