China blanquea su política africana

In Análisis, Política exteriorby PSTBS12378sxedeOPCH

Tras la apertura de la cumbre del Clima de París, el presidente chino Xi Jinping viajó al continente africano en los primeros días de diciembre para participar en el sexto encuentro China-África (los anteriores se celebraron trianualmente desde 2000 en Beijing, Addis Abeba y Sharm El-sheik) en un contexto doblemente adverso, marcado por la reducción de las inversiones en un 40 por ciento y del intercambio comercial en un 18 por ciento en el primer semestre del año y un repunte de las críticas sobre su actuación en la región por parte de las potencias occidentales,

Xi, a tono con el mensaje del viaje del primer ministro Li Keqiang en 2014, se esforzó por reivindicar una cooperación más equilibrada con África, regada con promesas de generosos préstamos. Si Li prometió 30 mil millones de dólares, Xi elevó la cifra a 60 mil millones, queriendo así despejar dudas sobre el nivel de interés y de implicación de China en las expectativas de crecimiento de las economías africanas.

El equilibrio de la relación sino-africana, hasta ahora especialmente centrada en la adquisición de materias primas (suponen el 56 por ciento de las compras de China en el continente), vendría dado por una firme apuesta por la modernización del tejido productivo de la región facilitando la deslocalización de industrias chinas consideradas menos competitivas y la proliferación de parques industriales, la construcción de infraestructuras de transporte y energía, la lucha contra la pobreza o la potenciación de la educación tanto formación profesional como universitaria.

Xi enmarca este salto cualitativo en la política africana de China –actualizando el documento estratégico para la región de 2006- en la implementación de la ruta marítima de la Seda y el favorecimiento de esquemas de integración regional, especialmente en lo económico y en la mejora de la conectividad, con singular atención a Ruanda, Burundi, Kenia, Uganda y Sudan del Sur. De esta forma, Beijing respondería a las críticas occidentales que la acusan de “cinismo predador”, apostando por un nuevo modelo de relaciones más diversificado e incidiendo en aspectos estructurales con la potencialidad suficiente para operar una transformación significativa de la actual realidad africana.

La penetración china en África ha estado acompañada de conflictos de diversa naturaleza, tanto con las sociedades locales como con algunos gobiernos, incluyendo la proliferación de tensiones laborales o ambientales, el fomento de la corrupción o la deficiente integración de las nuevas comunidades chinas. Ahora, además, debe tener en cuenta las críticas internas respecto a lo que se califica de  “gasto exterior excesivo” y las promesas crematísticas que acompañan las giras internacionales del tándem Li-Xi cuando en China los problemas se acumulan y se agravan. “Tirar el dinero sin control por parte de nadie”, despreciando los riesgos de estas operaciones y sin garantías de retorno adecuado de los préstamos concedidos en iniciativas que parecen responder prioritariamente a grandes operaciones de imagen, suscita ya reservas en la propia China.

Otro factor de preocupación presente en este viraje de la política africana de China es la seguridad de los varios millones de trabajadores chinos presentes en el continente. El asesinato en Bamako de tres altos responsables de China Railways en una acción terrorista, recordó a Beijing que una gran parte de los efectivos de las tres mil empresas que operan en el continente lo hacen en zonas de riesgo, encontrándose a merced de grupos terroristas o inmersos en tensiones de diverso tipo (étnicas, religiosas, etc.). Todo parece indicar que China tendrá más presente la exigencia de seguridad, no solo en el marco de las misiones de la ONU, en las que ya participa desde hace años (Mali o Sudan), sino también por cuenta propia y mediante acuerdos con los gobiernos locales. En este sentido, la base logística a instalar en Djibuti, la primera en el exterior, supone una novedad de alcance.

Otro aspecto sensible, el medio ambiente, se incorpora como dimensión específica de la política africana de China. Acusada en numerosas ocasiones de despreciar el impacto ambiental de sus proyectos, Xi Jinping anunció la intención de Beijing de implicarse en la conservación de especies amenazadas de fauna y flora silvestres, en el combate al comercio ilegal de marfil o, en un sentido más amplio, en la promoción de energías renovables –en las que China aspira a desempeñar una posición líder- y en la cooperación para frenar el cambio climático. La ola industrializadora que sugiere China debe incorporar la transferencia tecnológica precisa para asegurar un modelo de desarrollo racional y sostenible y evitar un segundo desastre ambiental en África como consecuencia de sus prácticas industriales.

Por último, cabe prestar atención a la cooperación en medios de comunicación con el propósito de mejorar su imagen en la región. La difusión de la “voz de China”, muy presente a través de la proliferación de estaciones locales de los medios oficiales, se intensificará con inversiones en medios nativos, penetración en el mercado de telecomunicaciones y televisión por satélite y multiplicación de la presencia en todos los formatos.

Esta política se verá reforzada en el orden cultural con un nuevo impulso a los institutos Confucio (cuenta con 46 delegaciones y 23 aulas en el continente), la creación de cinco grandes centros culturales y una mayor inversión en cuestiones educativas, incluyendo la capacitación en China de miles de profesionales africanos. Igualmente, cabe resaltar la presencia en esta agenda del incremento de la cooperación con los think tanks y grupos de expertos africanos.

Tras el viaje a la región del primer ministro Li Keqiang en 2014, quien conminó a las empresas chinas a cambiar el chip para elevar la calidad y mejorar la imagen de la presencia en el continente tomando buena nota de las críticas que les habían sido dirigidas, este segundo impulso de Xi Jinping supone otra vuelta de tuerca en la política africana del gigante asiático. ¿Tiene la consistencia suficiente para representar un discurso alternativo, auspiciar un desarrollo equilibrado y frenar así el impacto de las críticas occidentales?

Beijing quiere disipar dudas. Las propuestas son ambiciosas y Occidente, colonizador hasta hace bien poco y sustentador de políticas poco edificantes, no está tampoco en situación de dar grandes lecciones. Ahora, está por ver que se cumplan las promesas. África, y específicamente sus sociedades, lo necesitan.