Mares minados en Asia

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La explosión de violencia antichina en Vietnam a causa del despliegue por parte de Beijing de una plataforma petrolífera en aguas próximas a las islas Xisha o Paracel, en una zona reivindicada por Hanói, evidencia nuevamente la magnitud de los desafíos a la seguridad y la estabilidad en la región. El problema en origen deriva de la reivindicación por parte del gigante asiático de la práctica totalidad del mar de China meridional en torno a la conocida como “línea de nueve trazos” que los países vecinos rechazan de plano. El control efectivo de este archipiélago por parte de China se consumó hace varias décadas, aunque las disputas por la soberanía no han cesado.

Para China, Vietnam, junto a Filipinas y Japón, aunque no exclusivos, son los tres principales referentes de las discordias territoriales. No obstante, tras la visita del primer ministro Li Keqiang a Hanói en otoño pasado, la cooperación parecía haberse encaminado satisfactoriamente, incluso en los temas marítimos. Tras estos incidentes, las relaciones bilaterales retroceden a un nivel catastrófico. Por otra parte, las tensiones con Manila a propósito de las islas Nansha o Spratley experimentaron un salto cualitativo tras el anuncio de  Filipinas de recurrir a la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya. El litigio en torno a las islas Diaoyu/Senkaku ha enervado los ánimos en las relaciones sino-japonesas.

La contextualización del auge de estos litigios estaría incompleta sin una alusión a la decisión estadounidense de bascular hacia la región en busca de un “reequilibrio estratégico”, en la práctica destinada a contener la emergencia de China. La rivalidad sino-estadounidense encuentra en Asia-Pacífico, la región más dinámica del planeta desde el punto de vista económico, la expresión más sobresaliente. De una parte, a través de la promoción de plataformas de integración como el TPP, el Acuerdo Transpacífico, liderado por EEUU e incluyendo a Vietnam pero no a China, o el foro de cooperación RCEP, liderado por China pero excluyendo a EEUU. En el orden de la seguridad, tras las recientes visitas a la región del secretario de Defensa Chuck Hagel y del propio presidente Obama hemos asistido a una vuelta de tuerca de las alianzas militares con sus socios privilegiados, alentando incluso el fin del pacifismo constitucional nipón.

El hecho de que la decisión china de desplegar su plataforma en aguas de las Xisha se produzca tras dichas giras, no parece una casualidad. Por el contrario, señala que Beijing recoge el guante lanzado por la Casa Blanca, desmiente el discurso de neutralidad de la administración Obama  a propósito de las querellas territoriales y envía el claro mensaje a Washington de que no tiene la menor intención de ceder a las amenazas ni a los intentos de impedir su emergencia o limitar su influencia en la zona.  

Así pues, la decisión china indica que el PCCh parece haberse embarcado en una clara estrategia de marginalización de EEUU en la región asumiendo los riesgos que ello podría comportar ya que obligará a la Casa Blanca a reaccionar de alguna forma para no ver su credibilidad totalmente cuestionada. La dureza de la reacción vietnamita, pero también la elevación del tono en Manila, los gestos desafiantes de Tokio o los giros estratégicos más o menos evidentes registrados en las posiciones de Myanmar o Malasia, también responderían a una incitación por parte de EEUU y contarían con promesas de apoyo por parte de Washington de las que en algún momento tendrá que responder. ¿Podrá hacerlo?

Si a ello añadimos la frágil situación en la península coreana, la multiplicación de maniobras militares de todo tipo y con la participación de todos los ejércitos de la región y allegados y la creciente expectativa respecto a la posibilidad de un golpe de autoridad por parte de China que pueda simbolizar el segundo inicio del siglo XXI, el mapa de la región se nos antoja harto complejo. La ausencia de mecanismos multilaterales eficientes para resolver los problemas de seguridad y las preferencias de Beijing por los marcos de bilateralidad y la asiatización de las soluciones, sin arbitrios externos, señala igualmente un marco de difícil superación.

Por último, el incremento de la tensión y la desconfianza estratégica respecto a la benevolencia del poder chino puede afectar la viabilidad de sus ambiciosas propuestas en lo económico que, a pesar de todo, sigue siendo la punta de lanza de su estrategia. La Ruta Marítima de la Seda podría encontrar más dificultades de las esperadas si no se acompaña de una moderación de las divergencias y de las pasiones nacionalistas. Y si EEUU y China no encuentran un lenguaje común, harto difícil mientras Beijing persista en la soberanía de su proyecto, las complicaciones seguirán subiendo peldaños. A fin de cuentas, es en Asia donde EEUU podría dejar de ser una potencia global.