Diez cosas que no me gustan de las lianghui

In Análisis, Sistema políticoby PSTBS12378sxedeOPCH

1.      1. Dejando a un lado las incomodidades derivadas de la seguridad, cada vez que se celebran las dos sesiones en Beijing, o acontecimientos políticos de alto nivel, la gente común y humilde que merodea en las áreas sensibles ofreciendo servicios diversos al público es desalojada imperativamente, de forma que sus señorías pueden disfrutar del rostro inmaculado de la ciudad aunque esto, a diario, no sea así. Cabe pensar que los afectados maldecirán el “mayor acontecimiento anual” en la vida política del país y que las miles de autoridades llegadas de todos los rincones del país quedarán privados de conocer tan rica vidilla.

2.      2. El paternalismo que transmiten los máximos dirigentes, con la seguridad de que nadie entre los presentes osará criticar ningún aspecto de su gestión constituye un flaco favor a la vida política y parlamentaria china. Sin la crítica no se mejorará, aunque para ejercerla se requiere un mínimo de libertad, de cintura y capacidad de encaje de los desacuerdos. No hay motivos para temer la discusión franca y abierta si se cuenta con argumentos precisos para defender cualquier posición.

3.      3. Observando el comportamiento de sus señorías, queda a menudo la duda de la sinceridad y autenticidad de sus palabras, siempre condicionadas por la necesidad de observar un comportamiento político correcto, aunque falto de naturalidad, en un escenario delineado al milímetro con escasas posibilidades de espontaneidad e improvisación.

4.      4. El discurrir de las dos sesiones y la secuencia que transmiten los medios, señala un transcurso parlamentario asimétrico donde sus señorías parecen acudir a la capital a recibir instrucciones, mostrar anuencia o a aprovechar el momento para ejercitar al máximo el guanxi. Atrás quedan otros tiempos de mayores excesos, pero cabría resaltar mucho más aun la capacidad de iniciativa.

5.      5. El exotismo de buena parte de los representantes de algunas nacionalidades minoritarias, siempre llamativo, lo es también por su tentación folclorizante que contrastaría con la seriedad de otros representantes. Esta exuberancia, cabe pensar que voluntaria, no debiera ir en detrimento del tratamiento de los acuciantes problemas que atañen a las minorías.

6.     6. Lo poco sofisticado de los mensajes, basados en la reiteración y que están prefijados de antemano. Esta vez, son las “cuatro integrales” o la “nueva normalidad económica”, que sintetizan la coyuntura actual, pero las posibilidades de que la pasión política o la influencia ciudadana se cuele en el interior del recinto inmobiliario de Tiananmen son bastante remotas. Los mensajes no solo debieran circular de arriba abajo sino también de abajo a arriba.

7.     7. El parlamento paralelo con los periodistas nacionales y extranjeros a través de conferencias de prensa se antoja uno de los pocos espacios habitados por el asomo de la sorpresa, aunque limitada para no herir sensibilidades cuando no es víctima directa de la autocensura. Las ruedas de prensa no pueden sustituir el debate parlamentario pero aquí adquieren una relevancia inusual a falta de otro tipo de comparecencias abiertas.

8.      8.La manía de echar mano de los extranjeros para ratificar y bendecir las certezas del caso, quienes a través de mecanismos diversos deben reflejar su interiorización de las consignas del momento cuando no realizar abiertos elogios ausentes de toda crítica, aunque sea constructiva, respondiendo a preguntas del tipo: que le parece la buena marcha de la reforma?.

9.      9.La sensación de que si bien las formas evolucionan y ganan frescura en su presentación, tratamiento mediático y aparente dinamismo, la sustancia elemental permanece inalterable, aun cuando, como ahora en que la defensa de la ley pasa a primer plano, la identidad de las instancias parlamentarias, responsables de la tramitación legislativa, no parecen ganar autonomía.

10.  10.Todo ello transmite a las dos sesiones un aire de simulacro confirmándolas también a la par como un ejercicio de adulación, en especial en este caso, muy sobresalientemente, del presidente del país, pudiendo revelar una especial falta de autoconfianza. La exaltación de la figura de Xi Jinping, colocada “en el centro de los reflectores con el mundo observando”, pese a sus méritos, semeja trasnochada y renueva los temores de un culto, a estas alturas, fuera de lugar cuando no rebosante de peligros.