El dossier rural de Hu Jintao

In Análisis, Sistema políticoby PSTBS12378sxedeOPCH

¿Cuánto puede haber de cierto acerca de las supuestas discrepancias en el liderazgo chino a propósito del nuevo impulso a la reforma rural? El comunicado final del Pleno del Comité Central del PCCh, celebrado del 9 al 12 de octubre, en el que solo cabe destacar el objetivo de doblar la renta de los campesinos antes de 2020, ha desatado las especulaciones. Bien es verdad que tanta reserva puede ser producto, simplemente, de una estrategia interna basada en la cautela y destinada a evitar tanto una eternización de la discusión, similar a la registrada en los años previos a la aprobación, en marzo de 2007, de la ley sobre la propiedad privada (en debate durante catorce años), como a limitar la controversia y proyección de los críticos a la iniciativa de Hu Jintao.

El actual liderazgo chino, conscientes de las consecuencias políticas de un olvido prolongado, se ha caracterizado por conceder una mayor importancia al medio rural. La práctica totalidad de las decenas de miles de incidentes sociales que se registran actualmente en China, tienen su origen en el campo y casi la tercera parte tienen su causa en expropiaciones fraudulentas de la tierra por parte de las autoridades locales en beneficio de proyectos inmobiliarios o industriales. Hu Jintao ha suprimido el impuesto agrícola y promovido el “nuevo agro socialista”, un esfuerzo inversor en infraestructuras materiales y sociales destinado a corregir las desigualdades con la población urbana que, por otra parte, no dejan de aumentar, pero no ha podido con la corrupción endémica.

   

La reforma rural que ahora se promueve sugiere dos preocupaciones. La primera tiene que ver con la dimensión social y económica. Facilitar el alquiler, la transferencia o cesión de los derechos de uso de la tierra puede facilitar la mecanización de la agricultura, las economías de escala, aumentar las exportaciones agrícolas o poner fin a las pequeñas explotaciones agrícolas en beneficio de la conformación de entidades, cooperativas o no, a modo de grandes explotaciones. Pero también influirá, sin duda, en el agravamiento del éxodo rural y el proceso de urbanización, fenómenos especialmente intensos en las tres últimas décadas (el nivel de urbanización registró un crecimiento del 24% desde 1982), procesos que se verán inevitablemente intensificados en el futuro, generando situaciones difíciles de manejar.

   

En lo político, la perspectiva de una reaparición progresiva de grandes propietarios terratenientes que pudiera ensombrecer el papel clave de las autoridades locales que hoy día campean a sus anchas, con capacidad e influencia suficiente para erosionar la autoridad del PCCh en el medio rural, genera mayor preocupación que la atribución de más derechos a los campesinos para encarar los abusos de poder de los jefes de las aldeas, cantones y poblados de la China rural, donde, no lo olvidemos, reside aún el 56,1% de la población (737 millones de personas) con una renta media de 591,4 dólares en 2007. Preservar el control político del PCCh en el medio rural auspiciando un nuevo aumento del nivel de vida que no fragilice su poder parece equivaler a la cuadratura del circulo. Ese temor puede haber frenado, en un primer momento, la intensidad del cambio en aras de lograr un consenso mayor que reduzca los temores de los cuadros locales a una reforma que puede afectarles doblemente, tanto en su autoridad política como en sus beneficios.

Junto a ello, en lo ideológico, el avance de la privatización de la tierra, ya sea directa o encubierta, parece inexorable, dilapidando una de las señas de identidad más contundentes de aquella China que nació en 1949. Y aunque Hu Jintao haya jugado al simbolismo visitando en los días previos al pleno la localidad de Xiaogang, en Anhui, donde se inició el sistema de responsabilidad con base en el contrato familiar que protagonizó la reforma china en 1978 cuando Deng Xiaoping decidió generalizarla a nivel de todo el país para incentivar el desarrollo económico, convirtiéndola en precursora de la segunda mayor transformación rural de la República Popular China, sus promesas de viva voz se quedaron, por el momento, en el tintero. Aún así, no quepa duda que los nuevos dirigentes parecen decididos a echar tierra sobre lo poco que queda del maoísmo. También en el campo. Si dispone o no de la fuerza suficiente para ello, lo comprobaremos en marzo próximo, cuando se reinicien las sesiones plenarias de la Asamblea Popular Nacional.