El octubre chino

In Análisis, Sistema políticoby PSTBS12378sxedeOPCH

El número 60 se considera en China un número “redondo”, que completa un ciclo o cierra un circulo, y como señalaba Hu Jintao en una sesión de estudio del Buró Político del PCCh celebrada a primeros de septiembre, marca un “nuevo comienzo”. El signo de ese nuevo comienzo es doble. De una parte, equivale a profundizar en el proceso de modernización impulsado por las autoridades chinas desde hace tres décadas. De otra, sin dejar ni mucho menos de lado la economía, el epicentro del proceso se traslada paulatinamente al orden político, donde el debate puede arreciar en los próximos años, a la sombra del proceso sucesorio cuyo tramo final se inicia ahora. 

La homogeneidad en el discurso económico parece garantizada en la cúpula china, más allá de velocidades o matices en unas u otras áreas. La apuesta por un nuevo modelo de desarrollo centrado en los valores tecnológicos, en la dinamización del consumo interno, el ahorro energético, la ampliación de los derechos sociales o la sensibilidad ambiental, constituye un punto de encuentro que nadie cuestiona, al igual que el papel preponderante del sector público, fuerte y directamente controlado por el PCCh, en la economía nacional.  

El balance general que puede ofrecer el PCCh a la ciudadanía es globalmente positivo, incluso en un contexto de crisis como el presente, cuando todos reconocen su claro y sorprendente dinamismo, a la espera de éxitos clamorosos pese a la persistencia de los desequilibrios internos, en fase de corrección.  

Pero el balance político del PCCh es mucho más pobre y discutible. El aumento de las tensiones territoriales y sociales preocupa cada vez más. En el primer caso, centradas en Xinjiang y Tibet, afectan a la integridad del Estado y no muestran signos de apaciguamiento. En el segundo, en la infinita mayoría de los supuestos no se exige un cambio de régimen político, aunque si más moralidad en el desempeño público y privado. El recurso al nacionalismo y la exaltación permanente de lo logrado, que ha sido mucho, puede servir de antídoto temporal para priorizar lo “sustancial”, pero dificilmente puede despejar el horizonte en un tiempo donde el propio futuro del PCCh y su identidad aparecen en entredicho .  

Consciente de ello, y con una contradictoria capacidad creativa y de adaptación en ámbitos como los medios de comunicación o la justicia que no deja de causar asombro, el PCCh se dispone, una y otra vez, a aflojar y cerrar la mano para no perder del todo el control de la situación.  

Hoy por hoy, el PCCh no tiene más rival que a si propio. No tanto por la notoria ausencia de oposición organizada, como por la preocupación inmediata que suscita la arrogancia, la corrupción y la necesidad de definir los nuevos contornos de su comportamiento político en una China en la que proliferan los signos de cambio social y que, probablemente, harán a sus ciudadanos cada día más exigentes. Por otra parte, el PCCh debe encontrar ese mecanismo milagroso que, preservando su monopolio político, conceda mayor voz a los ciudadanos y facilite el anhelado proceso de ósmosis con la población, sin fisuras que puedan alentar movimientos alternativos. Ya no basta con que las autoridades se preocupen de mimar al pueblo y este se lo agradezca sin cuestionar su poder, sino que su liderazgo debe incorporar la capacidad social de intervención política asumida como ejercicio natural y no como una corrección de su liderazgo.  

A pesar de las importantes transformaciones que China ha experimentado en estos 60 años, le queda aún un importante trecho por delante para convertirse en un país moderno y desarrollado. El PCCh, después de tres décadas de maoísmo y otras tres de reforma, afronta un tercer tiempo pletórico de complejidad. La quinta generación de dirigentes, que tomará el relevo en 2012, tendrá en sus manos la probable definición del rumbo final de la gaige y la kaifang, con el reto de la concrección del perfil de la reforma política tantas veces anunciada. Ello es razón suficiente para que en los próximos tres años asistamos al repunte del debate interno y de las tensiones clánicas, inevitables acompañantes de un proceso cuyo primer límite es la tradicional opacidad.