El otro miedo a China

In Análisis, Sistema políticoby PSTBS12378sxedeOPCH

Cuba sigue a la espera de las anunciadas reformas entre la impaciencia, la esperanza y el escepticismo de una población que aspira a acceder a un mínimo bienestar general.  Raúl Castro ha activado el proceso de implementación de medidas orientadas a sacudir las anquilosadas estructuras del régimen y lograr un mayor nivel de eficiencia, utilizando para ello una singular combinación de más disciplina (con cientos de funcionarios y cuadros bajo examen por su parasitismo) y una racionalidad de perfiles aún confusos. Los huracanes, la falta de liquidez y las dificultades energéticas derivadas de la crisis amenazan su propósito, pero ello no parece impedir que dicho programa se lleve a cabo en sus mandatos básicos aunque las carencias podrían servir de excusa para postergar la celebración del VI Congreso del PCC, previsto para el segundo semestre de este año, y pendiente de confirmación.

 

El sentido general de las medidas de Raúl Castro apunta, en primer lugar, a una disolución del “Estado” subordinado al Consejo de Estado, una amplia red de corporaciones, empresas y centros que van pasando a depender de diferentes ministerios, y a una mayor separación de las estructuras del Partido y del Estado. Esa racionalización se complementa con el cercenamiento efectivo de las principales estructuras ligadas al fidelismo existentes en numerosos departamentos del aparato estatal y la supresión de la administración económica paralela que gestiona el aún secretario general del PCC, su hermano Fidel. El proceso coexiste con reformas contradictorias como la creación de la caja única que centraliza todos los fondos en dólares de empresas, ministerios, etc., una medida muy contestada por los gestores económicos y administrativos o, en el campo, la entrega a particulares de tierras ociosas, eso si, cubiertas de marabú, sin mayores posibilidades de libre comercialización de los productos agrícolas, que deben venderse al Estado en su práctica totalidad. Cabría decir que se trata de insuflar vida al sistema echando mano de algunas estructuras y mandos de las FFAA en un probable último intento de encontrar un camino al desarrollo sin desdecirse de lo practicado en el primer medio siglo de revolución.

 

La televisión cubana emite un programa semanal sobre China en el que, paradójicamente, a pesar de la naturaleza y evidencia de sus éxitos en este campo, puede uno informarse de todo, menos de economía. China no es un buen ejemplo a seguir. Tampoco en el “arzobispado” (la Escuela del Partido) es objeto de estudio el modelo chino. En el debate académico, está prácticamente fuera de la agenda. Ni en un ámbito ni en otro, China logra sacudirse el tabú, aun cuando la salida general de la crisis cubana pudiera estar, en opinión de algunos, en la vía china. El miedo al mercado, principal novedad del “socialismo” chino, hurta el debate y cualquier disidencia al respecto, formulada desde dentro, corre el inevitable riesgo de ser presentada como fragilizadora de la sacrosanta unidad.

 

Los cambios en América Latina indican la existencia de una mayor pluralidad en la región, hoy dominada claramente por fuerzas de izquierda. Pero ninguno de los países que expresan su apoyo a La Habana, a excepción quizás de Venezuela, sueña con seguir a ciegas el modelo cubano, producto de otro tiempo. En un mundo tan complejo y dinámico, poco se puede construir sobre el inmovilismo.

La llegada de Obama, por otra parte, ha abierto expectativas a la normalización bilateral, si bien no está claro que todos quieran que cuaje, tanto en Washington como en La Habana. Estos primeros años servirán para tantear esfuerzos y avanzar en gestos, y solo quizás en un hipotético segundo mandato, Obama puede atreverse a poner fin al bloqueo. La paciencia y perseverancia cubana son claves para consolidar dichas expectativas, evitando seguir la consigna de aquellos que todo lo apuestan a reventar el globo Obama. Desde el punto de vista político, la distensión con Washington puede visibilizar aún más los delicados problemas estructurales de la economía cubana, agravando las tensiones en el orden político, en una conjunción a la que podría añadirse la desaparición física de Fidel.

 

Bien es verdad que las diferencias entre China y Cuba son muchas, pero no debiéramos dejarnos cegar por cuestiones de tamaño. La influencia china en Vietnam es bien conocida como también lo fue el modelo soviético en la Cuba de Fidel. Es igualmente cierto que Cuba no tiene la tradición burocrática del Imperio del Centro, ni su disciplina social, ni el mismo nacionalismo impregna a las respectivas diásporas (que en Cuba podría llegar a ser tan importante como lo fue en el proceso chino), pero el estudio de su ejemplo parece un requisito ineludible para imaginar otro modelo (económico e institucional) capaz de preservar y ampliar las conquistas de la revolución y evitar un más que posible colapso sistémico. El asunto central y la primera urgencia consisten en dilucidar como lograr una mayor eficiencia del sistema económico. Los chinos indicaron un camino: añadir el mercado a la planificación. Y ese es el nudo gordiano del problema. No se trata de imitar o no el modelo chino sino de gestionar la introducción del mercado a partir de las singularidades de la isla.