La China de Xi Jinping Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Estudios, Publicaciones, Secciones, Sistema político by Xulio Ríos

Entre analistas y observadores de la política china, pocas discordancias pueden señalarse respecto a la convicción de que Xi Jinping personaliza el inicio de un nuevo ciclo en la historia reciente de China. Su mandato, iniciado en 2012, sugiere novedades importantes en numerosos planos.

El eje central de las interpretaciones a propósito de esta China en tiempos de Xi Jinping radica en el establecimiento de una agenda que define un tercer impulso en la república que surge en 1949. Si Mao puso a China de pie y Deng Xiaoping la desarrolló, lo que Xi ansía es culminar aquel largo proceso de modernización que arranca a finales del siglo XIX con una estrategia de maximización de sus ambiciones, situándola de nuevo en el epicentro del sistema global (Ríos, 2018; Cornejo, 2008; Anguiano, 2001; Gernet, 1991).

La agenda de Xi Jinping

Entre los asuntos clave que determinan la narrativa de Xi Jinping cabría citar los siguientes. En primer lugar, la aceleración del cambio en el modelo de desarrollo. Lo que el primer ministro chino Li Keqiang llamó la “nueva normalidad” apunta a una consciente y deliberada reducción del ritmo de crecimiento, en los últimos años frecuentado con niveles de dos dígitos, para lograr un desarrollo de mayor calidad. Si la formulación de dicho cambio ya fue planteado durante el mandato de su predecesor Hu Jintao (Ríos, 2012), entre 2002 y 2012, es ahora cuando realmente debe tomar impulso abordando las áreas clave para propiciar una nueva ola de apertura de otros cuarenta años, incorporando para ello factores hasta entonces considerados marginales y descuidados como el social o el ambiental, entre muchos otros. Aun bajo estas coordenadas de moderación del crecimiento, cabe tener presente que si la economía china representa actualmente en torno al 16 por ciento del PIB mundial, en 2025, según estimaciones varias, podría igualar a EEUU y en 2045 doblaría el valor de la actual primera potencia económica del mundo (Barret, 2018).

En segundo lugar, la persistencia del modelo estructural. El modelo de desarrollo debe cambiar pero hay elementos del modelo que deben permanecer. En este sentido, hay dos aspectos que merecen particular atención. Se trata, en primer lugar, de la relación entre el mercado y la planificación. Esta última sigue siendo muy importante en la China actual, mientras el mercado es un mercado no totalmente libre sino gobernado. Aunque en esta fase el papel del mercado seguirá afianzándose y ampliándose, nada hace pensar que la planificación vaya a descartarse ni que el Partido-Estado tenga intención de hacer dejación de sus responsabilidades frente al mercado, impidiendo que este se imponga como nervio estructural y determinante del modelo económico (Ríos, 2007;Au, 2013).

Por otra parte, en otro ámbito significativo, el de la relación entre la propiedad pública y la privada, persistirá la definición de la economía china como una economía mixta en la que el Estado (y el Partido) no renuncia al control de los sectores estratégicos. Esto no debe impedir que el sector privado siga desempeñando un papel muy significativo en el conjunto de la economía del país. En el año 1978, el 79 por ciento de la economía estaba en manos públicas mientras que en 2017, el 69 por ciento estaba en manos privadas. Según datos correspondientes a 2018, la economía privada responde del 80 por ciento del empleo urbano, el 60 por ciento del PIB, más del 50 por ciento de los impuestos o más del 60 por ciento de las inversiones de capital (Ríos, 2018; Li, 2019). Pues bien, en los últimos años, bajo el mandato de Xi, el Partido Comunista (PCCh) ha establecido comités del partido en casi el 70 por ciento de todas las empresas privadas y empresas mixtas del país para garantizar que las empresas avancen a la par con los intereses del Estado.

A Xi se le atribuye una predilección por el control estatal de la economía que marque de cerca la impronta del sector privado y en el contexto de la guerra comercial se ha producido un intenso debate acerca de la conveniencia de redimensionar su magnitud para que la economía china pueda responder más firmemente al desafío que representa el incremento a futuro de las tensiones comerciales con los países desarrollados de Occidente.

En tercer lugar, el impulso tecnológico. China no solo quiere dejar de ser la “fábrica del mundo” sino que quiere convertirse en el gran centro tecnológico mundial. El programa Made in China 2025 es su instrumento y garantiza una acción persistente por décadas que puede proveer a China de una posición de vanguardia en áreas tecnológicamente claves, pudiendo superar en pocos lustros el dominio occidental en este aspecto. El PCCh es consciente de que la soberanía tecnológica constituye un elemento irrenunciable de su proyecto.

El valor de la economía digital de China es mayor que el PIB de Francia o del Reino Unido y está gestionada por empresas de cuño propio (desde Baidu, Alibaba, Tencent o Xiaomi), además de gigantes del comercio electrónico como JD.com y, por supuesto,  Huawei. Los gigantes occidentales como Facebook, Instagram, Twitter o Google están ausentes de ese enorme mercado (Ríos, 2018). Dos tercios de la inversión mundial en inteligencia artificial se realiza en China, país que cuenta con una presencia dominante en áreas como las tecnologías de drones y reconocimiento facial. La inversión en I+D en 2018 fue del 2,18 por ciento del PIB (Li, 2019), ubicándose en la posición 17 en el índice global de innovación.

En cuarto lugar, la construcción de una sociedad modestamente acomodada. Durante décadas, el desarrollo chino dio la espalda a la justicia social propiciando unos niveles insoportables de desigualdad. El nuevo modelo de desarrollo exige incorporar el consumo como un factor de crecimiento; para ello se necesita ampliar la clase media (que actualmente ronda los 600 millones de personas) y, en paralelo, acometer igualmente grandes inversiones en áreas como la educación, la salud, la mejora de las retribuciones y de las pensiones, etc. China está en ese proceso y el consumo aporta un porcentaje cada vez mayor al crecimiento del PIB. En 2018 fue del 76,2 por ciento (Li, 2019).

En quinto lugar, las reformas políticas. Dos son los axiomas imperantes. De una parte, el rechazo explícito a cualquier propósito de aproximación al ideario liberal occidental. No habrá concesiones en este aspecto. Por otra, la promoción de un tipo de Estado de derecho que aspira a establecer un nuevo fundamento de la legitimidad gobernante del PCCh, ya no asociada al hecho revolucionario o a su capacidad para instrumentar políticas de desarrollo y progreso sino al imperio de una ley que simplemente así lo establece (Xi, 2015). El Estado con derecho del PCCh no es por tanto equiparable a un marco democrático basado en la separación de poderes o en el reconocimiento de los derechos y libertades individuales sino al imperio de una Constitución que así lo determina. Es por eso también que se realza en la China de Xi el papel de la Carta Magna con mayor insistencia. El neoconstitucionalismo chino es una manifestación del resurgir del legismo, de impulso de la gobernanza a través de la ley, con el que se pretende perennizar el dominio del PCCh en la vida política china.

Clave de todo esto es el fortalecimiento del PCCh, actuando principalmente en dos frentes. En primer lugar, encarando el desafío de la corrupción con una determinación desconocida hasta ahora; no solo persiguiendo a los corruptos reduciendo los niveles de inmunidad y de impunidad, también estableciendo diques institucionales para contenerla. En este sentido, la Comisión Nacional de Supervisión, recientemente creada, y el incremento de las capacidades de la Comisión Central de Control Disciplinario del PCCh indican una elevación de la significación de los instrumentos orgánicos que se acompaña de una minuciosa elaboración normativa que incide en la exacerbación de la disciplina a todos los niveles (Ríos, 2018). Asimismo, debe destacarse especialmente la cuestión relativa al rearme ideológico que apunta, sobre todo, a una nueva lectura del marxismo, a cada paso más presente en el discurso político (Bianco, 2014).

En sexto lugar, la presencia exterior. El activismo diplomático chino de los últimos años dio carpetazo a la modestia preconizada por Deng Xiaoping al inicio de la reforma y apertura (Deng, 1987). Nos hallamos en el arranque de una ambiciosa estrategia que aspira a trasladar el peso global de China, la segunda potencia económica del mundo, al ámbito de lo político y estratégico. En tal sentido, frente al proteccionismo en boga, China defiende una globalización de nuevo signo, más inclusiva y no sólo basada en el impulso al comercio sino, sobre todo, en el desarrollo de las infraestructuras, incorporando en mayor medida los factores ambientales, tecnológicos y sociales. La marca principal de esta estrategia es la llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta, un ambicioso proyecto lanzado en 2013 que aspira a dinamizar la conectividad, el transporte, la energía o el comercio entre China, Asia, Europa y África, extendiéndose ya por todo el planeta (Xi, 2017).

Por último, cabe hacer mención de la mejora de las capacidades en materia de defensa. Xi Jinping ha sido el artífice de la mayor reforma militar del Ejército Popular de Liberación (EPL) desde 1949. Su transformación obedece a un mandato claro: situar a  destacamentos y equipos militares chinos en condiciones de librar guerras y poder ganarlas. Y aunque la defensa es una de las cuatro modernizaciones que ya abanderó el primer ministro Zhou Enlai en los años sesenta del pasado siglo (Gipouloux, 2005), hoy, el incremento de las capacidades en defensa cabe asociarlo a los temores que inspira la Trampa de Tucídides atendiendo a los conflictos habitualmente relacionados con la alternancia en la supremacía global. Según el estudio de Graham Allison, de los 16 casos estudiados en los últimos 500 años, en 12 de ellos no se registró un relevo pacífico (Allison, 2017).

Cabe significar asimismo que pese al esfuerzo de los últimos años, las capacidades en defensa de China se encuentran aun bastante alejadas de las atribuidas a su principal competidor en este campo, EEUU.

A modo de balance de los años transcurridos durante el mandato de Xi, sus reformas, anunciadas a bombo y platillo en el transcurso de 2013, progresan a un ritmo inferior al deseado. A la rigidez de sus estructuras o el temor a las consecuencias sociales (y por ende la estabilidad) se suma el incremento de las tensiones comerciales con EEUU y los países desarrollados de Occidente, que imponen sus límites. En otro sentido, los progresos registrados en el orden educativo o sanitario, en materia de urbanización y desarrollo o en el ámbito científico y tecnológico, además de la lucha contra la contaminación o en la exploración espacial sugieren avances que la propia sociedad china reconoce como nutrientes de su nacionalismo.

El perfil de Xi Jinping

Xi Jinping es un “príncipe rojo”; pertenece al clan de aquellos altos funcionarios que participaron en la revolución y desempeñaron cargos de cierta relevancia en su aparato político-burocrático. Es el caso de su padre, Xi Zhongxun, víctima en su día de la Revolución Cultural y quien en la etapa de la reforma y apertura abierta tras la muerte de Mao se convirtió en referente de la implementación de las llamadas “zonas económicas especiales” u oasis capitalistas que desempeñaron un papel fundamental para atraer capitales, tecnologías y métodos de administración del exterior, contribuyendo de forma decisiva a los primeros éxitos de la desmaoización en lo económico (Gittings, 2005).

A nivel interno, la consolidación del poder de Xi se consagró en un tiempo récord con su reconocimiento como “núcleo” de la dirección del PCCh, lo cual le confiere un estatus especial. Su condición de “líder fuerte” le reserva una posición destacada en el máximo liderazgo, aun a costa de menguar la colegialidad en el seno del Comité Permanente del Buró Político, el máximo órgano de poder en China.

A Xi cabría definirlo como un nacionalista, de tendencia de izquierdas y de sensibilidad marxista, y más neolegista que confuciano. El reforzamiento de su liderazgo ha estado acompañado de un creciente culto a la personalidad. La eliminación del límite de los dos mandatos, el cuestionamiento de las reglas del proceso sucesorio y el abandono del consenso ponen fin a una etapa de estabilidad institucional “con características chinas” que abre un horizonte de incertidumbre respecto al futuro político del PCCh.

En el XIX Congreso celebrado en el otoño de 2017, su “pensamiento sobre el socialismo con peculiaridades chinas de la nueva era” fue reconocido como guía principal del momento presente (Bougon, 2017). El xiísmo aflora, pues, como la brújula política de este tercer tiempo de la reforma china articulado sobre la base de la evolución de la contradicción principal en el seno de la sociedad china, que ya no se establece entre la demanda social y la insuficiencia de los recursos disponibles sino entre la demanda social y un desarrollo desequilibrado. La propuesta de Xi abunda en la superación de esa contradicción mediante profundos ajustes en dos grandes zancadas que culminarían en 2035 y 2050, cuando la República Popular China arribará a su primer centenario.

El nacionalismo de la China de Xi Jinping

Para el PCCh, el nacionalismo es una marca de identidad irrenunciable, presente desde sus orígenes y determinante en su propia evolución diferenciada del modelo de inspiración soviética (Zheng, 1999). El propio nacimiento de la formación en 1921 es indisociable del Movimiento del 4 de Mayo, del que este año conmemoramos el centenario. Fue entonces cuando en 1919 los sectores más conscientes de la sociedad china se movilizaron en defensa del país frente a los humillantes acuerdos de Versalles que imponían a China vergonzosas concesiones ante Japón.

El “sueño chino”, que Xi Jinping ha convertido en señuelo de su mandato, obedece a un programa de carácter profundamente nacionalista que reivindica la revitalización del poderío nacional para poner fin a los últimos siglos de decadencia provocados tanto por las guerras del Opio como por el aislamiento del Imperio del Centro.

El de Xi es un nacionalismo basado en un PCCh indisolublemente identificado con el país de modo que la sociedad china debe asumir como normal la primacía del PCCh y el liderazgo del propio Xi como núcleo del mismo. La centralidad del PCCh en la China contemporánea, reforzada por Xi, destierra la vieja creencia de que el desarrollo económico de China traería consigo, inexorablemente, una apertura política de signo liberal. Por el contrario, Xi ha acentuado el discurso de que no solo el PCCh es capaz de modernizar el país evitando que el caos y la decadencia vuelvan por sus fueros a la realidad china sino de lograrlo potenciando a la vez su propia identidad cultural y civilizatoria (Xi, 2017). Ese énfasis permanente en las “peculiaridades chinas”, presente por doquier, constituye otra forma de expresión nacionalista que preconiza la adaptación a la realidad china de cualquier manifestación externa como igualmente contribuye a argumentar la excepcionalidad  frente a idearios pretendidamente universales.

En el orden interno y en el ámbito de los intereses vitales no negociables que nuclean dicho nacionalismo, además del propio sistema político basado en la preeminencia indiscutible del PCCh, cabe destacar la respuesta a los problemas territoriales que hoy tienen como principal exponente la situación en Xinjiang, donde el riesgo de atentados terroristas ha conducido a la adopción de medidas de excepción que conllevan el internamiento de cientos de miles de uigures, según varias fuentes, en campos de reeducación que las propias autoridades finalmente reconocen.

Tanto Xinjiang como Tíbet son dos territoriales estratégicamente claves (Duchâtel, 2017). Tíbet es un espacio esencial para una China que debe gestionar unas relaciones habitualmente complicadas con el vecino hindú. Por su parte, Xinjiang representa hoy el mayor riesgo para la seguridad del Estado habida cuenta que la minoría uigur que ha abrazado el Islam radical también proyecta sus acciones fuera del territorio de su región autónoma.

Las invocaciones al sueño chino sugieren en algunas nacionalidades minoritarias matices relevantes respecto a su identificación con la nacionalidad mayoritaria, la Han, y lejos de convertirse en una proclama aglutinante, ofrece una línea de fractura que puede tensionar la estabilidad en áreas territorialmente muy sensibles para la seguridad del país al ubicarse en esa larga periferia fronteriza que China posee con 14 estados vecinos.

A otra escala, pero igualmente relacionado con el problema territorial, las tensiones en la región administrativa especial de Hong Kong advierten de las consecuencias de la laminación efectiva de la autonomía y de los límites del modelo “un país, dos sistemas” cuando Beijing lo apuesta todo a la recentralización política.

La impronta nacionalista en la China de Xi se advierte igualmente en el énfasis aplicado a la cuestión de Taiwán, otra herida por cerrar producto de los tiempos en que China no era capaz de defender sus intereses frente a terceros. La cuestión de Taiwán no deriva solo de una guerra civil inacabada, la que enfrentó al PCCh con el Kuomintang, sino también del Tratado de Shimonoseki (1895), cuando debió cederla a Japón, la potencia que ejerció el control de la isla hasta el fin de la IIª Guerra Mundial (Ríos, 2005). Es por eso que en el imaginario del PCCh resulta inadmisible pensar en una China próspera y soberana que no encuentre solución a este problema. El hecho de que Taipéi abrace la democracia liberal y el pluralismo político y que Washington se implique cada vez más en su devenir político y defensivo como parte de la estrategia de obstaculización de su emergencia, provoca una irritación cada vez menos disimulada en Beijing. Xi ha dejado claro que este asunto “no puede ser dejado de generación en generación”, dando a entender que antes de 1949 debe estar encaminada la reunificación, lo cual puede convertir el problema de Taiwán en el principal factor de inestabilidad en toda la región.

Otro tanto cabría decir de las tensiones marítimo-territoriales en las que China se halla inmersa y que la enfrentan a países vecinos y otros más alejados con intereses estratégicos en la zona. Xi se ha mostrado mucho más asertivo que otros líderes chinos en la consolidación del control sobre la inmensa plataforma del Mar de China meridional (Ríos, 2012). La Marina china se ha convertido ya en la segunda del mundo y su guía orientativa consiste en alejar a EEUU de su zona de interés directo, disuadiendo a los buques estadounidenses de intervenir en beneficio de sus rivales. Xi ha dado pasos para instaurar el ejercicio de un control de facto sobre las áreas que considera territorio bajo su soberanía.

El programa de modernización de China es inequívocamente nacionalista y responde a la necesidad de recuperar su posición central en el orden global. Esto implica desarrollar acciones cada vez más contundentes para proyectar poder y liderazgo en el escenario regional y mundial. Para Xi, llegó el momento de impulsar un reconocimiento del poderío de China, de su condición de gran nación que está de retorno en el mundo.

Involución

¿Pretende Xi Jinping restaurar el totalitarismo maoísta? Algunos gestos recientes en materia de organización interna del PCCh pudieran ofrecer pistas en tal sentido. De hecho, Xi, desde el inicio de su mandato, recuperó cierta fraseología y discursos relacionados con los tiempos de Mao y desempolvó la “línea de masas” como alternativa a un diálogo de nuevo signo con la sociedad civil china. Es claro que Xi tiene una visión del maoísmo más positiva que otros líderes posteriores a Mao (Domenach, 2012). Otra cosa es que Xi sea un maoísta, cosa que no creo. Simplemente, el maoísmo le brinda instrumentos que facilitan la realización de su programa y objetivos, echando mano de ellos como también del confucianismo o el legismo, doctrinas que el maoísmo, sin embargo, combatió sin tregua.

Xi Jinping cree, ante todo, en el PCCh. Es un gobernante convencido de que en el partido y sus 90 millones de miembros, actualización histórica del viejo mandarinato, reside la clave para lograr el anhelado objetivo de la modernización del país y su resurgir civilizatorio (Ríos, 2016). En tal sentido, también podíamos definir a Xi como un leninista. A Mao, por el contrario, el Partido le estorbaba, era un límite a su poder total. Xi ansía un partido capaz y disciplinado que actualice aquella vocación de servicio de la burocracia imperial, quien moldeó la China de siempre bajo el cielo del emperador. Y al igual que hacían los mandarines, los funcionarios del partido deben ahora ocupar y controlarlo todo, desde las esferas civiles y militares al pensamiento político y académico. Y el PCCh es su primera dinastía orgánica en la historia china.

En la jerarquía administrativa y conceptual de la China de Xi, el PCCh ocupa una posición privilegiada y absorbe al propio Estado, pasando a mejor vida las prédicas experimentales de Deng Xiaoping a propósito de la separación Estado-Partido de los años ochenta (Deng, 1987), prácticamente abandonadas tras los sucesos de Tiananmen en 1989.

Xi es también más beligerante con los valores liberales y rehúye cualquier propósito de experimentación destinada a alargar la frontera del pensamiento tradicional en el partido, considerando la democratización o los derechos humanos universales parte de aquellos tabúes que se deben combatir sin la menor concesión.

En tal sentido, el uso de tecnologías avanzadas para perfeccionar el control sobre la población ayuda a reforzar y no debilitar esa preeminencia del PCCh. El sistema de crédito social que debe generalizarse en 2020 integrado por millones de cámaras de vigilancia con capacidad de reconocimiento facial, es presentado por las autoridades como una ventaja incomparable para impedir los fraudes y los abusos y minimiza los riesgos de violación de la intimidad; no obstante, sin controles democráticos el peligro de las intrusiones no deseadas y su uso para condicionar la orientación política entraña un riesgo mayor. Este nuevo autoritarismo digital se implementará a fondo para facilitar el bloqueo de la penetración de las ideas liberales en un contexto en que, por el contrario, se alienta una mayor conexión de China con el resto del mundo. La doble intensificación de la apertura por un lado y del control social por otro, es una característica de la China de Xi y ambas deben converger para hacer realidad su sueño, el de la emergencia de China o, por el contrario, extremar las tensiones hasta el punto de hacerlas insostenibles.

Xi ha reafirmado la verticalidad de la política china. El centralismo democrático se ha convertido en autocrático. Cualquier crítica potencial, cualquier voz contraria es calificada de deslealtad y por lo tanto, con independencia de cualquier voluntad constructiva, es simplemente acallada. Las expresiones laudatorias abonadas de hipérboles visiblemente exageradas se imponen ante los juicios objetivos y el derecho de los intelectuales a expresar su parecer. Solo se admite la “energía positiva”, las expresiones de lealtad sin fisuras.

Todo por el bien de la estabilidad social. Tanto el estrecho marcaje a la intelectualidad como la represión de la abierta disidencia o la corrupción (y los rivales políticos que en ella anidan) como igualmente los nuevos instrumentos de control social deben estar al servicio del proyecto del PCCh, que diferencia con nitidez entre la mejora de la posición global del país, la mejora del nivel de vida de la sociedad china que implica la actual fase y la necesidad de asentar un modelo socio-político que desoiga cualquier reclamación asociada al reconocimiento y ejercicio de más derechos o libertades individuales que pongan en peligro su magisterio.

La fusión entre el PCCh y China adquiere así una magnitud suprema; no solo aúna y blinda la asociación entre la modernización y el progreso del país con la prevalencia del PCCh sino que brinda coartadas ideológicas para contestar la opción de la democracia liberal occidental como alternativa inevitable, oponiendo a ello la conformación de una vía propia basada en las “singularidades chinas”, adaptada por tanto a su idiosincrasia y coherente con su devalar histórico.

Desde 2012, las universidades chinas controlan de forma más intensa la utilización por parte de los estudiantes y los profesores los libros, revistas y otros documentos académicos del exterior. Xi es diplomado de estudios marxistas de la universidad Qinghua y la promoción de Marx y su ideario se ha convertido en uno de los trazos de sus prioridades ideológicas. Hasta el punto de que ha dado lugar a la aparición de un movimiento de jóvenes estudiantes radicales que se implican en las luchas obreras para contrarrestar el auge de las desigualdades derivado de décadas de desarrollo. Muchos de estos activistas, de varias universidades pequinesas, fueron detenidos.

Esta China de Xi y del PCCh traza así los contornos de un pensamiento político opuesto a los valores liberales occidentales, suscitando el temor por su quiebra ante el avance de la influencia china por doquier y en todos los ámbitos, no solo el económico (Barret, 2018). La invocación del “peligro amarillo” resuena en varias capitales a medida que Beijing se conforma como un contrapeso estratégico y cultural a esa prevalencia occidental que se niega a aceptar sin más.

Víctimas de estos nuevos ímpetus y expresión del blindaje citado son también las ONGs extranjeras. El ambiente de relativa tolerancia de la época de Hu Jintao se ha evaporado. De las más de 7.000 entidades actuantes entonces se ha pasado a poco más de 400 en la actualidad.

Cuando Xi propone la creación de una “comunidad de destino compartido” (Xi, 2015) realiza una invitación a Occidente a compartir el destino del mundo, recordando a todos que China no se conformará con ser una potencia dependiente y acomodada, insertada en el orden establecido sin más, sino que aspira a que su punto de vista sea respetado e incorporado al bagaje universal.

¿Una potencia estabilizadora o desestabilizadora del orden global?

El surgimiento de un posible orden mundial post-ideológico es tema de reflexión y la ebullición que reflejan las relaciones internacionales apunta en tal dirección. La Estrategia Nacional de Seguridad de EEUU, dada a conocer en diciembre de 2017 (accesible en: https://www.whitehouse.gov/briefings-statements/president-donald-j-trump-announces-national-security-strategy-advance-americas-interests/?source=GovDelivery), identifica la expansión global de China como el mayor desafío para preservar la prosperidad y la seguridad de la potencia hegemónica, advirtiendo de las consecuencias de no responder a la competición estratégica de largo plazo promovida por un poder que califica de “revisionista”.

Mientras el entendimiento de China y Rusia parece avanzar a ritmo sostenido a pesar de las diferencias y contradicciones que les separan (Ríos, 2005), EEUU, ahora abonado al proteccionismo y el unilateralismo bajo Donald Trump, excluye cualquier matiz que diferencie en lo sustancial la realidad política de ambos países, equiparados al signo anti-liberal. Esto facilita que las sinergias en el comercio, la energía o en la defensa entre Moscú y Beijing trasciendan sus hipotecas y ambas lideran la integración euroasiática contra la hegemonía estadounidense apoyada especialmente en el poderío militar de uno y el económico del otro.

La China de Xi, no obstante, no parece interesada en reproducir una nueva guerra fría que ahonde las diferencias con los países desarrollados de Occidente. Tampoco aspira a proyectar globalmente su modelo político, careciendo de cualquier vocación mesiánica por más que reivindique especialmente la eficiencia de su sistema económico y político. Su nacionalismo y su autoritarismo reforzados sirven a una estrategia, la de apuntalar la autoridad del PCCh, al que considera el vector sustancial para que China logre su objetivo histórico, exigiendo el respeto de terceros a su propuesta sistémica.

Beijing alarga su influencia en Asia Central, en América Latina, en África o en su vecindario inmediato. También en Europa. Atrás quedan las preferencias genéricas de antaño por el Tercer Mundo o los países no alineados, conceptos progresivamente esfumados de sus códigos. A pesar de llevar poco tiempo ejercitando su ambición, asimila y encaja las críticas y tanto se implica en el desarrollo de infraestructura como en la mejora del transporte o de la ayuda médica o contra la pobreza, absorbiendo las demandas locales. Es verdad que el EPL estableció una base logística en Yibuti, pero no está claro que muchas más vayan a seguir.

En la visión política de los dirigentes chinos, las democracias occidentales se encuentran en un atolladero. Su modelo social (el estado de bienestar en el mejor de los casos) hace aguas; el modelo económico resulta en una glorificación del mercado que dilapida el bien común exacerbando las desigualdades; el modelo político se quiebra ante los déficits que alejan las élites de las soluciones a unos problemas sociales y estructurales incapaces de afrontar. Ni en los problemas nacionales ni en los problemas globales, la eficacia es nota reconocible de los modelos liberales, hoy día aquejados del ascenso del populismo más rancio y asediados por el resurgir de viejos temores como el fascismo.

A Occidente le cuesta hacer un hueco a China en la gestión de los asuntos globales y en los últimos años no se lo ha puesto fácil (Ekman, 2018). La receptividad de las demandas chinas (por ejemplo en la solicitud de una mejor representación en instituciones como el FMI o el Banco Mundial) no ha sido especialmente buena y se ha dilatado durante años sin justificación aparente. Pero Occidente tiene realmente difícil impedir su progresión. Cuando China se cansa de llamar a la puerta, simplemente traza su propia orientación. El futuro del Nuevo Banco de Desarrollo y de los propios BRICS parece incierto, pero no es el caso del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras ni de la Organización de Cooperación de Shanghái. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, pese a los contratiempos, proseguirá su rumbo.

La intención de Xi Jinping es reformar progresivamente el sistema internacional de posguerra de forma que pueda dar cabida en mayor medida a los intereses de China. El quantum de la reforma es difícil de precisar. Por lo pronto, se trata de crear un clima internacional favorable para avanzar su agenda global de manera multiforme. Como se ha constatado en los últimos tiempos, este salto en su estrategia ha provocado sentimientos de inquietud en numerosos países, aunque a veces resulta difícil discernir cuánto hay de fundamento real y cuánto de reacción destinada simplemente a contrariar sus objetivos.

En cualquier caso, en años venideros, las tensiones económicas, financieras y geopolíticas podrían coexistir de manera conflictiva con las dinámicas de cooperación, determinantes hasta ahora. China, por ejemplo, se percata cada vez más de la imposibilidad de cumplir sus metas geoeconómicas en energía, seguridad o comercio sin pasar por encima del dólar estadounidense. Según datos del FMI, el 62 por ciento de las reservas globales de los bancos centrales aun cotizan en dólares (segundo trimestre de 2018). Cerca del 43 por ciento de las transacciones internacionales en el sistema SWIFT también se llevan a cabo en dólares. Incluso reconociendo que China en 2018 fue el mayor contribuyente para el crecimiento del PIB global con un 27,2 por ciento, el yuan representa apenas un 1 por ciento de los pagos internacionales y un 1,8 por ciento de todos los activos de reserva en poder de los bancos centrales. Le queda pues un largo trecho, aunque el proceso de internacionalización de su moneda está en marcha desde hace años.

En otro orden, no cabe esperar que China asuma sin más los imperativos occidentales en contra de sus intereses. Veamos el ejemplo de Irán. China se ha opuesto abiertamente a la reanudación de las sanciones (al igual que la UE) y continúa comerciando con Teherán. Aunque le suponga una vulnerabilidad, las importaciones de petróleo aumentan un 10 por ciento por año en término medio.

Otra situación similar es la Venezuela de Maduro. China no dudó en bloquear la reunión del Banco Interamericano de Desarrollo en Chengdu cuando algunos países trataron de forzar la participación de un representante de Juan Guaidó, a quien Beijing no reconoce. El gobierno chino negó el visado a Ricardo Hausmann, un ex ministro de Carlos Andrés Pérez. EEUU detenta el 30 por ciento del BID y antes de la reunión había intentado devaluar su importancia, pidiendo a algunos países que no enviaran ministros sino funcionarios de más bajo rango. El vicepresidente Mike Pence, muy beligerante siempre con Beijing, acusó a China de “socavar el progreso del hemisferio hacia la democracia”.

La diplomacia china también ha respondido a los improperios del consejero se Seguridad Nacional, John Bolton, señalando que América Latina no es propiedad de ningún país ni tampoco el patio trasero de ningún Estado. Bolton había declarado que EEUU no tolerará la injerencia de potencias militares extranjeras hostiles en los objetivos compartidos del hemisferio occidental, en alusión a la implicación de Rusia y China en la crisis venezolana.

China también se desmarca de decisiones como las avaladas por EEUU de reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel o, más recientemente, de la soberanía sobre los altos de Golán, territorio sirio que ocupa desde 1967.

A medida que Occidente (no tan unido) reafirme su adversidad e intolerancia con las ambiciones chinas, cabe imaginar que la reacción de Beijing opte por la reafirmación. Si la guerra comercial se cronifica y la hostilidad en el plano tecnológico y/o estratégico se acentúa en detrimento de una cooperación positiva, la incomodidad derivará en reacciones adversas. Pero no es previsible que esta China de Xi opte por bajar la cerviz. Cabe esperar, por tanto, que China no solo aspire a afianzarse como un poder económico relevante sino también a ejercer su singularidad política y estratégica.

Según Standard Chartered, la consultora británica de servicios financieros, usando una combinación de tasas de cambio, poder de compra y crecimiento del PIB, las cinco principales economías en 2030 serán China, EEUU, India, Japón y Rusia, seguidos de Alemania, Indonesia, Brasil, Turquía y Reino Unido. Asia ampliará su clase media en el momento exacto en que está siendo destruida en Occidente.

No está claro, sin embargo, que las previsiones funcionen como una ecuación matemática. Algunos economistas aseguran que el crecimiento de China no alcanzó en 2018 ni el 2 por ciento (frente al 6,6 por ciento oficial), el desempeño de Shanghái se convirtió en el peor de cualquier mercado de valores del mundo; la tasa de natalidad y los problemas demográficos son acuciantes, al igual que los relacionados con el deterioro ambiental, etc. Todo ello da cuenta de una agenda interna acuciante que, junto con los factores externos, puede condicionar el desempeño económico y lastrar otras desaceleraciones, lo que podría desembocar en crisis y descontento social.

Con independencia de los altibajos de esta evolución, lo que China nos recuerda es que el orden actual es legado de un mundo gobernado a su antojo por potencias coloniales que establecieron sus reglas a sangre y fuego. Y que dicho orden no se adapta a sus intereses ni a sus principios, alejados de la exaltación del derecho y la democracia liberales y de la prevalencia de los derechos individuales sobre cualquier otra consideración.

Los síntomas de que la era de Occidente moldeando el mundo a su voluntad está llegando a su fin son evidentes reflejándose en las múltiples tendencias que ponen de relieve el cambio en curso del orden mundial. China es su principal catalizador.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China.

 

Referencias bibliográficas

Allison, Graham (2017), Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?, Mariner Books, Boston-New York.

Anguiano, Eugenio (coordinador) (2001). China contemporánea. La construcción de un país (desde 1949). El Colegio de México, México DF.

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