China y la polución global

In Análisis, Sociedadby PSTBS12378sxedeOPCH

Poco más de una semana después de que en París se presentara el informe del comité intergubernamental de expertos sobre el cambio climático, las autoridades ambientales chinas reconocían que en 2006 no habían logrado alcanzar su objetivo de someter a control la contaminación.

El fracaso se debe a que la economía creció más rápido de lo esperado, al igual que el consumo de energía. La fabricación de productos de papel, por ejemplo, una de las principales causas de la demanda química de oxígeno, superó los 58 millones de toneladas, con un incremento del 20 por ciento en relación a 2005. Según cifras referidas a 2006 y facilitadas por Fan Yansheng, director del departamento de control de la contaminación de la Agencia Estatal de Protección Ambiental, las emisiones de dióxido de carbono aumentaron en cerca de 463.000 toneladas, y la demanda química de oxígeno también creció en 14,31 millones de toneladas. Por otra parte, el consumo de carbón se incrementó en cerca de 230 millones de toneladas, provocando la liberación de 2,8 millones de toneladas de dióxido de azufre.

En el XI Plan Quinquenal (2006-2010), China se comprometió a reducir en un 10 por ciento la emisión de contaminantes. No obstante, en vez de reducirla en un 2 por ciento anual, la ha aumentado en casi dos puntos. En dicho Plan se establece también el objetivo de reducir en un 20 por ciento la cantidad de energía necesaria para producir una unidad de PIB, lo cual, a la vista de la actual evolución, parece muy difícil de cumplir.

Con estos datos, China matiza el rechazo a asumir su cuota de responsabilidad en el cambio climático, que atribuye en lo fundamental a los países desarrollados, a quienes exige, y no sin razón, mayores esfuerzos. No obstante, como señalaba recientemente Qin Dahe, director de la Agencia Meteorológica china, las autoridades centrales se dicen conscientes y preocupadas por una catástrofe que pudiera tener costosos efectos sobre la salud y la economía a corto plazo. El calentamiento global del planeta ha influido de forma perceptible en el deterioro de las condiciones meteorológicas en el país. Por ejemplo, los tifones que azotaron el pasado año a China han sido los más virulentos desde 1949 y en Beijing este invierno se ha registrado la temperatura media más alta en muchas décadas. El gobierno central intenta obtener de las provincias una reducción del 4 por ciento anual de la emisión de dióxido carbónico, pero sin éxito. Para las próximas semanas, está previsto que el Consejo de Estado haga pública una política nacional sobre el control de la emisión de los gases de efecto invernadero.

La energía que alimenta el crecimiento chino depende básicamente del carbón, lo que convierte el país en un problema medioambiental para todo el planeta. El carbón es el principal responsable de las emisiones chinas: el 69% de la electricidad producida en China procede del carbón. Sus niveles de consumo de este combustible superan a la suma los usados por Japón, la UE y EEUU. China es ya el segundo país productor de gases de efecto invernadero del mundo, después de EEUU. A mayores, su población inmensa está volcada en un acelerado cambio de sus pautas de consumo.

China, que ha ratificado el protocolo de Kyoto, aún considera que debe tener el mismo derecho que ha estado al alcance de otros países industrializados que han podido desarrollar sus economías prescindiendo de la protección del medio ambiente. Esa lógica, no obstante, hoy día, parece suicida.

Las necesidades energéticas del desarrollo chino están evidenciando la insuficiencia del carbón. En diez años, China ha pasado de exportador a importador de petróleo. También es ya el segundo consumidor de petróleo del mundo, después de EEUU. Esa dependencia no es del agrado de un país construido sobre la base de que la autosuficiencia es la mejor expresión de soberanía. Sus apuestas energéticas de cara al futuro incidirán, en la medida de lo posible, en esa reducción de la dependencia exterior, lo que, por fortuna, podría beneficiar también la adopción de políticas de ahorro energético o de fomento de otro tipo de energías renovables y menos dañinas con el medio ambiente. Aunque esa transformación, necesaria y exigible, de su sistema energético, además de voluntad, requerirá tiempo, tecnologías que hoy no están a su alcance en la amplitud necesaria, y dinero en abundancia.