Descifrando las cifras chinas Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Análisis, Sociedadby Xulio Ríos

Los datos de la economía china en el primer semestre del año han desatado de nuevo las especulaciones a propósito de su deterioro. El PIB creció un 6,3 por ciento. Se trata de la cifra más baja desde 1992. No obstante, de entrada, se encuentra en consonancia con el objetivo oficial previsto para 2019, una franja que oscila entre el 6 y el 6,5 por ciento.

Indudablemente, la economía china (y mundial) atraviesa un momento delicado pero el dato del crecimiento del PIB, que se inscribe en la “nueva normalidad china”, debe ser contextualizado en el proceso de transición hacia el nuevo modelo de desarrollo. Puede ser un consuelo el “débil” crecimiento de la economía china para otras economías que crecen a un ritmo tres o cuatro veces inferior, pero otros datos revelan ese acomodo estructural que parece ganar terreno: el consumo contribuyó al crecimiento en un 60,1 por ciento; la producción industrial creció un 6,5 por ciento; la inflación fue del 2,2 por ciento; la tasa de desempleo urbano ascendió al 5,1 por ciento; las ventas minoristas aumentaron un 9,8 por ciento; las ventas de automóviles crecieron un 17,2 por ciento; y los ingresos disponibles per cápita aumentaron nominalmente un 8,8 por ciento. Cabe señalar que por primera vez en la historia de la reforma china el plan quinquenal en curso contempla no solo el objetivo de duplicar en 2020 el valor del PIB con respecto a 2010 sino también el ingreso per cápita. La incorporación de los factores tecnológicos y ambientales al proceso productivo también mejora de forma ostensible.

Estos datos muestran que, a pesar de los riesgos, el gobierno chino dispone aún de un considerable margen para defender y alcanzar los objetivos marcados para todo el año y que las políticas acordadas en marzo en el marco de las lianghui están funcionando en términos generales, en especial, la mejora del trato fiscal a las personas y las empresas reduciendo la carga en este sentido para soslayar el efecto de la presión externa. Es por ello comprensible que la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma descartara recurrir a estímulos económicos masivos.

El primer ministro Li Keqiang reconoció en un simposio sobre la situación económica celebrado recientemente que la presión a la baja está aumentando debido a una débil recuperación económica global, la desaceleración del comercio y la inversión, un proteccionismo creciente y otros contratiempos. No obstante, también aseveró que China seguirá implementando una política fiscal proactiva, una política monetaria prudente y situando el empleo como la política prioritaria. Es la clave, en gran medida, de la estabilidad general.

Si el 6,3 por ciento representa el ritmo de crecimiento más lento de las últimas tres décadas, una parte debe imputarse a las adversidades y otra no. Sin duda, por ejemplo, la contracción de las exportaciones ha influido en lo que algunos califican de “brusco freno” y es imposible no relacionar este hecho con el impacto de las tensiones comerciales con EEUU. Sin embargo, cabe señalar que el superávit comercial de China con EEUU en el primer semestre aumentó un 5 por ciento, en un contexto de reducción del intercambio comercial del 14,2 por ciento, consecuencia directa de las barreras arancelarias. El déficit de EEUU con China es hoy un 30 por ciento mayor del existente en 2017, año de la investidura de Trump. Y hay también “planificación” en estas bajas cifras de crecimiento pues de lo que se trata es de mantener el rango en torno al 6 por ciento pero priorizando el desarrollo de alta calidad, clave del nuevo modelo económico que debe pasar página de la “fábrica del mundo”. Conseguirlo con este margen en tan complejo escenario internacional demuestra la enorme resiliencia de la economía china.

A pesar de las contrariedades, China proseguirá con su transformación estructural con el convencimiento de que solo así podrá conseguir sus objetivos socioeconómicos, afrontando los principales riesgos, especialmente la reducción de la deuda, sobre todo de los poderes locales, lo cual desaconseja por el momento cualquier aumento significativo del gasto público.