La tercera cooperación entre el KMT y el PCCh: bondades y límites

In Análisis, Taiwánby PSTBS12378sxedeOPCH

El inicio de un diálogo directo y público entre el KMT y el PCCh a partir de 2005 supuso en su día un giro sorpresivo y ha abierto un nuevo tiempo en las relaciones a través del Estrecho de Taiwán. Este tercer tiempo de entendimiento entre los grandes rivales históricos de la China contemporánea se suma a otros dos anteriores: cuando a comienzos del siglo XX, los comunistas aceptaron ingresar en las filas del KMT con el objeto de luchar juntos para derrocar a los caudillos militares, alianza rota con el “terror blanco” desatado por Chiang Kai-shek en 1927; y la segunda, en 1936, para luchar juntos frente a Japón poniendo fin a un enfrentamiento civil que se reanudaría a partir de 1945. Las situaciones de excepcionalidad caracterizan estas alianzas temporales y en ellas subyace la necesidad compartida de orillar riesgos graves que afectan a la supervivencia o identidad de la nación china. ¿Qué gran inseguridad amenazaba a China en 2005 para justificar esa tercera cooperación entre el KMT y el PCCh? Sin duda, el auge del independentismo taiwanés que hacía peligrar de modo serio el statu quo surgido en 1949 y que amenazaba con alejar aún más a Taiwán del continente, circunstancia que podría dar lugar a un enfrentamiento armado capaz de desequilibrar toda Asia oriental y truncar el proceso de emergencia pacífica de China.  

El entendimiento entre el PCCh y el KMT, cristalizado primero en los encuentros entre Hu Jintao y Lien Chan, que hoy casi forman parte ya de la rutina institucional, promovió en un primer momento una paradiplomacia asimétrica que permitía sortear el enfrentamiento impulsado por Chen Shui-bian y el PDP. La conjunción de la acción política del KMT y los errores del PDP condujeron a la doble derrota de 2008 (legislativas y presidenciales) que aupó de nuevo al KMT al gobierno de Taipei. A partir de entonces y a gran velocidad se apreciaron los primeros cambios en la plena normalización de las comunicaciones, en la recuperación del llamado consenso de 1992 (una sola China, aunque admitiendo interpretaciones diferentes del concepto) y en la reanudación de los contactos entre la Fundación taiwanesa para los intercambios a través del Estrecho y la Asociación continental para las relaciones a través del Estrecho, paralizados durante una década.  

Un año después de iniciarse el mandato de Ma Ying-jeou en Taipei, tres dimensiones sobresalen en este acercamiento: económica, seguridad y política. En cuanto a lo primero, los avances para definir alianzas sectoriales y empresariales al abrigo de la crisis financiera global, no han cesado de crecer, plasmando entendimientos entre las elites políticas vinculadas a las respectivas nomenclaturas a uno y otro lado del Estrecho. La firma de un acuerdo económico parece deseable y factible en términos generales a pesar de la oposición del PDP y su exigencia de referéndum. En el tiempo en que vivimos no se entiende que ambos por separado puedan firmar acuerdos de cooperación con prácticamente todo el mundo y que no lo puedan hacer entre ellos. La Comunidad Económica China está a punto de nacer. 

En el ámbito de la seguridad, las negociaciones para lograr un acuerdo de paz están cerca y puede ser el comienzo de un periodo de distensión en el Estrecho que permita  generar una mayor confianza entre las partes mediante la celebración de contactos e intercambios militares. 

Este acercamiento, que facilita a Beijing la consagración de una imagen internacional más acorde con su estrategia de emergencia pacífica y un mundo armonioso, también puede tener consecuencias internas en China. De hecho, el impacto regional de esta tendencia implica una mayor credibilidad de su política asiática en relación a otros focos de tensión, basada en poner el acento en la identificación, cultivo y ensanchamiento de los espacios de entendimiento y la postergación de los elementos de confrontación. Por otra parte, debilita sobremanera la influencia del Ejército Popular de Liberación (EPL) en la solución del contencioso, primando una política de acercamiento pacífico que sin excluir del todo el recurso a la fuerza, hace que esta posibilidad adquiera un carácter meramente testimonial y remoto. El acuerdo de paz entre ambas partes parece posible, aunque será laborioso. 

La política es la clave más espinosa. El KMT es un partido que representa a toda China, continente incluido. Una unificación que haga de Taiwán otra Región Administrativa Especial implicaría una taiwanización del KMT que no parece estar en agenda. ¿Admitirá el KMT una unificación que le mantenga como formación ilegal en el continente? El líder taiwanés Ma Ying-jeou ha reiterado que en las actuales coordenadas, los avances registrados en las relaciones bilaterales se orientan hacia la paz, no hacia la unificación, imposible sin un cambio político en el continente, aunque los vínculos se estrechen y mucho a otros niveles. En estos términos, el principal obstáculo político para la unificación es la democratización y el pluralismo, asunto que tampoco está en la agenda continental. En el verano pasado, el gobierno de Taipei legalizó a los comunistas en la isla, masacrados y proscritos desde 1945, un gesto que reclama una correspondencia de Beijing poco probable respecto al KMT en la parte continental. La única democracia que hoy por hoy acepta el PCCh es aquella que pueda contribuir a reforzar su liderazgo.  

Completar la unificación es para Beijing la máxima de sus ambiciones. Puede haber acuerdos económicos y en materia de defensa y seguridad que suavicen las tensiones y preserven el actual statu quo en condiciones de estabilidad, pero avanzar hacia la unificación exigirá algo más que buenas palabras y pequeños gestos de parte del continente. La democracia es el dique que sirve de coartada para condicionar la unificación y sin ella será difícil que logre el aplauso de los taiwaneses. Dejando a un lado el determinante papel de Washington, de espaldas al pueblo taiwanés o contra él no podrá cuajar.  El pluralismo político y el dinamismo de la sociedad taiwanesa hacen imposible que el entendimiento PCCh-KMT se imponga sin más a los 23 millones de taiwaneses.  

Por todo ello, el proceso de acercamiento político se aventura largo y muchísimo más espinoso que en otros ámbitos. Para superarlo tendrán que hablar mucho de democracia, con todos los matices y reservas que se quiera y quizás innovar fórmulas de asociación transitorias y complejas. Por el momento parece una cuestión muy lejana pero la historia evoluciona deprisa y las aspiraciones democráticas de parte de la sociedad china encuentran en Taiwán un aliado poderoso.  

El diálogo con Taiwán (país pequeño en demografía y territorio pero grande en significación económica, tecnológica y defensiva, entre otros) puede influir de modo preciso en la naturaleza final de la China hiperpoderosa que se anuncia.