Estudios

China y Estados Unidos: contexto y coyuntura

26/04/2017

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China.

Confusión y desconcierto a partes iguales parecen caracterizar las relaciones de China y EEUU en el arranque de la presidencia Trump. Durante la Administración Obama, Beijing y Washington, en medio de dinámicas que alternaban la contención y la cooperación, recondujeron sus diferencias a la multiplicación de diálogos al más alto nivel con el fin de reducir al mínimo las sorpresas y gestionar los posibles desacuerdos limitando los efectos indeseados. Ese mecanismo tenía como telón de fondo una realidad de intensa interdependencia económica que les obligaba a cooperar para evitar males mayores. Trump quiso hacer borrón y cuenta nueva con esos mecanismos pero tras el encuentro con Xi Jinping en Florida se dio vio libre a una reedición ajustada y cuyo recorrido debe iniciarse pronto.

Las críticas de Trump a China durante la campaña electoral hacían presagiar un relativo repunte de las tensiones, especialmente en lo económico. La cuestión del déficit comercial, de la presunta manipulación de la divisa china, la deslocalización de empresas estadounidenses y su impacto en el empleo local, la imposición de elevados aranceles a las importaciones chinas, etc., aventuraban conflictos hasta el punto de que la hipótesis de una guerra comercial llegó a asomar de forma alarmante en el horizonte. Estas sombras ofrecían a China una compensación importante, el aparente desinterés por las cuestiones estratégicas y un replanteamiento profundo, aunque sin alternativa clara, de las opciones para Asia-Pacífico. Por lo demás, la historia contemporánea de las relaciones sino-estadounidenses evidencia que cualquier cambio de Administración implica siempre tensiones iniciales que más tarde se reconducen con mayor o menor fortuna y efectividad a la senda de la normalidad.

Paradójicamente, las primeras semanas de Trump en la Casa Blanca discurrieron sin apenas alusiones a los diferendos económicos, adquiriendo un tono extrañamente bajo en comparación con otras promesas electorales, mientras que las cuestiones estratégicas pasaron a primer plano. De una parte, el anuncio del abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) sonó a música celestial en China. Beijing, excluido del TPP, diagnosticó este acuerdo como parte de una tenaza contra su emergencia que incluía igualmente el fortalecimiento de los vínculos y alianzas militares con algunos países de la región. El hipotético fracaso del TPP, que Japón, entre otros, no da por enterrado, aumentaba paralelamente las oportunidades para el RCEP, la Asociación Económica Integral Regional que China promueve en base a un modelo de cooperación e integración que no le obliga a sacrificar pilares esenciales de su sistema económico y político.

De otra, el epicentro del debate bilateral se enfocó en tres talones de Aquiles de China. Primero, Taiwán; segundo, el Mar de China meridional; tercero, Corea del Norte. El cuestionamiento de la política de Una sola China por parte de la Casa Blanca, manifestado con la difusión de la conversación telefónica con la presidenta Tsai Ing-wen y las subsiguientes declaraciones públicas, franqueaba una línea roja de la diplomacia del gigante asiático. Las quejas por las acciones chinas en los islotes del Mar de China meridional, por el contrario, no suponían una novedad, aunque Beijing parecía mostrarse conforme con los avances experimentados en los últimos años y se aprestaba a aprovechar la oportunidad brindada por la Filipinas de Rodrigo Duterte, quien dio un pronunciado giro a la relación de confrontación con su vecino durante la presidencia de  Benigno Aquino III, para propiciar un mayor diálogo con los países ribereños. Por último, la tensión de EEUU con Pyongyang subió enteros en un entorno en que las protestas chinas (y rusas) por el despliegue del sistema antimisiles estadounidense THAAD en Corea del Sur añadían incertidumbre al futuro de Asia oriental. Estos tres frentes son de capital importancia estratégica para Beijing y en todos ellos EEUU, aunque se encuentra a miles de kilómetros de distancia, tiene mucho que decir.

Xi Jinping y Donald Trump hablaron varias veces por teléfono, antes y después de la cumbre de Florida. La frecuencia de estas interacciones en tan breve espacio de tiempo es un hecho inusual. En respuesta, la Casa Blanca parece optar por combinar la “concesión” de no calificar a China como “manipulador de moneda” o la moderación de las críticas económicas con las exigencias de que Beijing “ate en corto” al líder norcoreano Kim Jong-il. Por el momento, China, descontenta en los últimos años con el proceder del joven Kim, parece seguir su “consejo”. No solo no ha recibido al actual reinante Kim en Beijing sino que multiplica los mensajes incentivando su responsabilidad y moderación: desde el apoyo a las sanciones acordadas en el Consejo de Seguridad de la ONU a la realización de ejercicios militares de importante escala en la frontera con Corea del Norte. Con todo, las posibilidades de recuperación del diálogo hexagonal que promueve China para la desnuclearización de la península coreana son remotas a día de hoy.

El contexto

Los modelos económicos de China y EEUU no son antagónicos. Desde la normalización de relaciones diplomáticas (1972) y tras el inicio de la política de reforma y apertura (1978), ambos países se han complementado. Muchas empresas estadounidenses se han beneficiado de la mano de obra barata china y de las ventajosas condiciones arbitradas para atraer el capital exterior. El abultado déficit comercial de EEUU con China esconde los pingües beneficios alcanzados por las industrias estadounidenses en el gigante asiático. Los avances hacia el mercado que plantea la actual fase de la reforma china no alejan esta confluencia aunque el PCCh insista en el mantenimiento de un sector público poderoso y firmemente instalado en los ámbitos estratégicos (comunicaciones, energía, transporte, banca, etc); por el contrario, abre la posibilidad de una nueva oleada de inversiones estadounidenses en el país. El liderazgo chino juega con este atractivo para fomentar la presión de ciertos segmentos del mundo empresarial estadounidense a fin de moderar las invectivas de la Casa Blanca. El negocio, primero.

En lo político, subsisten diferencias importantes. El PCCh ha aceptado el mercado –sin renunciar a la planificación- pero rechaza cualquier hipótesis de evolución hacia una democracia plural de corte occidental. Cuando se invoca el Estado de derecho o el imperio de la ley, como ahora ocurre con mayor profusión que nunca, en China no se imagina una transición hacia la división de poderes sino la disposición de instrumentos para reforzar la hegemonía socio-política del PCCh. Y cuando éste habla de profundizar la democracia quiere alargar la base de las decisiones públicas a través de la potenciación de mecanismos consultivos o deliberativos pero no coquetear con el modelo occidental. Que más economía de mercado conduzca inexorablemente a una democracia pluralista no es una ecuación que funcione en China y menos ahora cuando los agrandados déficits de la democracia occidental proporcionan argumentos de grueso calibre para evitar el secuestro de la democracia por parte de los grande poderes económicos y financieros. En la economía china no manda el mercado, manda el Partido.

En lo ideológico, pese a los avatares de una realidad a veces tan contradictoria producto del hibridismo sistémico, el PCCh insiste en sus afanes originales, adobados con una importancia creciente de la cultura china en su imaginario, tomando en ello clara distancia con el maoísmo. El compromiso con la educación marxista o con el leninismo coexiste con una reivindicación de lo culturalmente propio y todo ello forma parte de una adaptación a las especificidades civilizatorias del país. La suma de ideologías del PCCh excluye en cualquier caso el liberalismo de corte occidental.

En el plano exterior, el incremento de las capacidades económicas del país sugiere una demanda creciente de un mayor papel en las decisiones globales y en los mecanismos que rigen la gobernanza mundial. China intenta conducir esta reivindicación evitando la Trampa de Tucídides pero exigiendo de los países más desarrollados que tengan en cuenta las transformaciones que ha experimentado la realidad global. El escaso eco de sus demandas, visiblemente plasmado en las reticencias expresadas para introducir pequeñas reformas en organismos como el FMI o el BM, explica en cierta medida el auge de sus proyectos internacionales, desde la Organización de Cooperación de Shanghai a los BRICS y su Nuevo Banco de Desarrollo, la promoción de la Franja y la Ruta de la Seda o la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras. Pese al escepticismo occidental respecto a estas formulaciones, es más que probable su consolidación a medio plazo.

En suma, siendo evidente que a China y EEUU le distancian aspectos relevantes de sus realidades estructurales, sus niveles de contradicción son relativamente manejables en tanto en cuanto ambos reconozcan sus diferencias y aboguen por evitar la confrontación. El eje último y fundamental de esa ecuación nos remite a la cuestión de la soberanía. China nunca renunciará a ella y en ello radicará una fuente de conflicto principal y difícilmente eludible. Claro está que el hecho de que Beijing descarte cualquier misión ecuménica que enfrente directamente a sus posibles aliados con el hegemón occidental es un potente amortiguador que facilita las cosas.

La renuncia a la búsqueda per se de la hegemonía global no parece en el caso chino responder a una decisión de coyuntura marcada por la necesidad de atender a los muchos imperativos internos que le demandan atención sino a una convicción ideológica y política que alienta otro modelo de relaciones internacionales. China busca socios para sus proyectos y no tanto aliados, como antaño, para propagar su discurso. Incluso en lo económico, respecto a aquellos países que se dicen ideológicamente cercanos (Venezuela, pongamos por caso) y que buscan en su experiencia patrones asimilables, Beijing insiste en la importancia de establecer caminos propios al desarrollo. No hay modelos universales aun cuando las propuestas de liderazgos homólogos puedan ofrecer altos niveles de propósito similar.

La insistencia china en la defensa de su soberanía nacional ya quedó de manifiesto con la negativa a integrarse en un hipotético G2, sugerido por la secretaria de Estado Hillary Clinton. Y es el principal motivo que puede alentar una confrontación sin retorno entre EEUU y China. A fin de cuentas, Washington comprende que de no producirse una crisis grave, China será en pocos años la primera economía del mundo y eso tendrá inevitables consecuencias en numerosos planos, incluido el militar. Lo que si le preocupa es que esa China number one, aunque se avenga a llegar a acuerdos con actores clave en asuntos determinantes –cambio climático, por ejemplo- se conduzca internacionalmente de forma autónoma y aliente así actitudes similares por parte de otros países. Una China a modo de Japón grande en Asia no plantea dificultades irresolubles para EEUU a corto plazo. Una China económica y militarmente más poderosa puede sostener un proyecto político e ideológico autónomo en el concierto global y promover otra agenda. Eso si supone un revés para la hegemonía estadounidense y la sitúa en clara perspectiva de pérdida de influencia.

Evolución

Con tal contexto de fondo, ¿cómo pueden evolucionar las relaciones sino-estadounidenses? Podemos opinar con más fundamento de los objetivos de China en la relación que de la actitud estadounidense, hoy un tanto volátil. Solo si, como cabe esperar –y quizá ya se está viendo-, los poderes fácticos en EEUU empujan progresivamente a Trump a la senda de la política tradicional, cabría esperar cierto continuismo del binomio cooperación-contención. Aun así, si como algunos observadores sugieren, Trump quiere utilizar en el corto plazo el factor estratégico para lograr concesiones en el ámbito económico y comercial, podríamos hallarnos ante situaciones peligrosas e imprevisibles sin descartar inflexiones de gran alcance, por ejemplo, en relación a la cuestión taiwanesa, que será clave en los próximos años. En Taipéi, hoy gobernado por el soberanista Minjindang o PDP, se teme que la Casa Blanca les utilice como moneda de cambio en las negociaciones con China continental.

Por su parte, es claro que a China le interesa evitar los sobresaltos en cualquier plano y que cualquier evolución se lleve a cabo de forma ordenada y estable. Intentará por todos los medios trascender la confrontación y abrir paso al diálogo en las cuestiones más espinosas de la índole que sean. Sabe que el tiempo es su aliado y que este periodo, tanto por circunstancias internas como externas, resulta en extremo complejo y delicado pero también decisivo para poder cumplir con la tarea histórica de la modernización del país, eso que Xi Jinping llama ahora “el sueño chino”.

Pero China se preparará igualmente a marchas forzadas para afrontar cualquier contingencia. El desenlace de la cuestión coreana le aboca a tomar las riendas del contencioso en mayor medida para evitar verse sorprendida por un conflicto incontrolado a sus propias puertas. En el Mar de China meridional cabría esperar cierto impasse en sus políticas más incisivas para primar el entendimiento con los demás países que reivindican su soberanía sobre los archipiélagos en disputa.

Conclusión

Pese a que muchos focos en Occidente centran su atención en el binomio Washington-Moscú, la relación China y EEUU ganará importancia en los años venideros en cuanto atañe a la estabilidad global en todos los órdenes. No es previsible el estallido de una guerra comercial pues de ella se depararían costes inasumibles para ambas partes. Por el contrario, los diferendos estratégicos pueden seguir aumentando. Los proyectos regionales e internacionales de China plantean retos de grueso calibre a EEUU y sus aliados, primeramente en la propia región asiática.

Cabe esperar que Beijing, sin dejar de mejorar su defensa, siga apostando por la economía como punta de lanza de su estrategia de incremento de la influencia global. Por el contrario, Washington no podrá renunciar al valor de lo militar. Esto provocará enormes disyuntivas en países y regiones clave. Para muchos, esa dicotomía entre economía (con China) y seguridad (con EEUU) constituye un dilema permanente pero a medida que el peso de la economía del gigante asiático se vaya fortaleciendo y disponga de la inteligencia precisa para construir marcos multilaterales de diálogo que diluyan las reticencias de algunos socios, la situación podría experimentar cambios drásticos.

La presidencia Trump, dure lo que dure, pone el acento en el unilateralismo confiando en que actúe como la poción mágica que le permita recuperar posiciones en el escenario global atendiendo a la primacía de sus intereses, justamente cuando aun no se han apagado los ecos de la mayor crisis financiera de las últimas décadas y que tuvo su origen en EEUU. En un mundo tan interdependiente, esta invocación a la fuerza del egoísmo, en realidad refleja su creciente debilidad. Indudablemente, EEUU sigue siendo una superpotencia y dispone de innumerables atributos y capacidades para hacer valer sus propósitos, sin embargo, la ignorancia de los intereses de terceros puede erosionar de forma sustancial su liderazgo global. Las inéditas escaramuzas con sus socios europeos lo han puesto de manifiesto.

En su relación con EEUU, China mira más allá de la coyuntura y apunta al contexto. Esa altura de miras le confiere cierta ventaja en la gestión de las diferencias pero no evita del todo la posibilidad de que en cualquier momento la imprevisibilidad y fluidez creciente de importantes escenarios y el resurgimiento de tendencias de nefasto recuerdo (como el militarismo en Japón) compliquen severamente sus expectativas. 


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