COVID-19: conjeturas y tendencias Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Análisis, Seguridad y defensa by Xulio Ríos

¿Cuánto más eco nos hacemos de las teorías conspirativas en torno al COVID-19 mejor informados estamos? Que si un laboratorio de alta seguridad en Wuhan, que si militares estadounidenses que participaron en unos Juegos Olímpicos castrenses en Wuhan, etc. La ciencia rechaza una hipótesis tras otra, pero en el contexto actual parece inevitable que se extiendan, en parte porque influyen en el control del discurso sobre los orígenes y las responsabilidades de la pandemia. Pero más que conjeturas, que sin duda reflejan un estado de ánimo en las tensiones bilaterales entre China y Estados Unidos, es importante prestar atención a las tendencias mundiales que podría marcar la crisis del  COVID-19 en la esfera geopolítica.

Primero, el nivel de confrontación chino-estadounidense aumenta, lo que hace que su reversión sea cada vez más improbable. La tregua comercial, que prometió cierta moderación al menos hasta las elecciones de noviembre, se diluyó como azúcar en agua. Además de las crisis ya conocidas (económicas, tecnológicas, diplomáticas, militares, estratégicas), dicha espiral se ha reforzado con la represalia mutua que afecta a diferentes medios de comunicación de ambos lados. Pronto se podría agregar otro elemento si Trump finalmente decide aprobar la Ley Taipei, que impone sanciones a los países aliados de Taiwán que se atrevan a cambiar de bando. Es muy probable que Trump continúe echando leña al fuego pues confía ciegamente en los réditos de esta estrategia de desacreditar y culpar a China de todos los males habidos y por haber.

En segundo lugar, el COVID-19 puede actuar como un acelerador de las tendencias subyacentes que ya se han manifestado en el curso de la etapa final de la post-Guerra Fría: la emergencia china, el declive de los Estados Unidos o el colapso político de la UE. En el caso de la UE, su tardanza e incapacidad para responder a la crisis ya no sorprende a nadie, pero si plantea un interrogante cada vez más serio sobre el futuro de la Unión. Lejos de significarse en esta crisis global para defender y liderar la cooperación internacional como estrategia de salida (lo que hace China), se ha esfumado: ¿dónde está Wally Borrell?….

Tercero, esta circunstancia también podría acelerar la reconsideración de algunos enfoques estratégicos. La solidaridad china con Europa (pero también con muchos otros países en otros continentes) refuerza no solo su poder blando sino su influencia política y liderazgo. No es solo la ayuda que se proporciona a Italia, sobre todo (y a España en otra medida), sino a los países de Europa Central y Oriental, que encuentran en Beijing el apoyo que la UE no está proporcionando. Esta especie de sálvese quien pueda en Europa y los desacuerdos con los Estados Unidos exacerbarán la crisis de poder en Occidente.

Cuarto, la alianza chino-rusa no solo no se debilita sino que se fortalece al abrigo de las tensiones entre Moscú y Riad sobre el precio del petróleo. Por el contrario, el aumento de las tensiones “dialécticas” con el Brasil de Bolsonaro puede representar otro aditivo a la pérdida de fuelle de los BRICS en tanto que expresión del compromiso con la multipolaridad.

Todavía es demasiado pronto para evaluar esta crisis, pero es más probable que los EEUU y la UE salgan de ella peor parados. Aun así, el signo de la pugna global se decidirá también en función de otros factores: económicos, políticos, diplomáticos, militares, estratégicos y, por supuesto, científicos y tecnológicos. El COVID-19 es otra variable más, y aunque algunos han dicho en su día que podría significar una especie de “Chernobyl” para el PCCh, obviamente no parece ser el caso. Por el contrario, están logrando cambiar el signo de la crisis, que ha sido su objetivo desde que se dieron cuenta de su alcance.

Con todas sus lagunas y contradicciones, China detuvo la epidemia, primero en el propio país y ahora, el hecho de ser el primer país en librarse de ella puede tener consecuencias globales. No en el plano de hacer valer su modelo como atractivo para terceros confrontado con las deficiencias de las democracias occidentales, sino más bien para dar un paso más al frente a fin de situarse como el poder clave del siglo XXI.

Si cabe reconocer la capacidad demostrada para movilizar estratégicamente a la sociedad en China, las democracias deben reflexionar sobre el deterioro no solo de su estado de bienestar como resultado de las políticas implementadas en los últimos años, sino también acerca de la calidad de su modelo político, no menos deteriorado. No para imitar a China (que busca un modelo propio desde 1949 huyendo de mesianismos) sino para garantizar la vitalidad de nuestra propia síntesis de libertad y justicia.