Los últimos estertores de la Revolución Cultural Fernando Prieto es historiador especializado en Asia Oriental y máster en Economía y Negocios de China e India

In Análisis, Sociedad by Xulio Ríos

Con el final del papel protagónico de los guardias rojos en julio de 1968, dos años después de su creación para desatar el “caos bajo las estrellas”, la Revolución Cultural entraba en una nueva fase. El fervor revolucionario daba paso a una serie de luchas palaciegas por el poder, mientras que un enfermo Mao Zedong, tras la muerte de Lin Biao, buscaba un sucesor capaz de mantener el equilibrio entre el estamento militar y la Banda de los Cuatro.

La XII Sesión Plenaria del VIII Comité Central

El 13 de septiembre de 1968, una vez establecidos los últimos los últimos comités revolucionarios en China (los de Tíbet y Xinjiang), se celebró la XII Sesión Plenaria del VIII Comité Central, que serviría como preparativo para el siguiente congreso del Partido Comunista de China (PCCh).

De sus miembros originales, elegidos en 1956,  dos tercios habían sido purgados, y sólo se presentaron cuarenta, insuficientes para llegar al quórum. Para solucionarlo Mao nombró a diez miembros nuevos, lo que no estaba permitido según los estatutos. Lo más relevante de la sesión plenaria fue el nombramiento oficial de Lin Biao como sucesor de Mao y la destitución de Liu Shaoqi, así como su expulsión del PCCh.

El IX Congreso del PCCh

El IX Congreso se celebró en Beijing en abril  de 1969 y, como era de esperar, en su primer comunicado se publicó que se había desarrollado “en un momento en el que la Gran Revolución Cultural Proletaria iniciada y dirigida personalmente por el presidente Mao ha obtenido una gran victoria”. Si bien es cierto que hasta la celebración del congreso habían alcanzado numerosos éxitos (forzar la caída de los seguidores de la vía capitalista, sustituir las estructuras provinciales de poder por comités revolucionarios, mayor implicación de las masas, etc.), la victoria final aún estaba lejos, y el propio Mao así lo afirmó un mes después de la clausura:

“Hemos obtenido una gran victoria. Pero la clase derrotada continuará la lucha. Estas personas están aún alrededor y ésta clase aún existe. Por tanto, no podemos hablar de victoria final. Ni siquiera en décadas”.

El 24 de abril, último día del IX Congreso, los delegados presentes (1510) escogieron a los nuevos miembros del Comité Central  (170 miembros plenarios y 109 suplentes). Con respecto al VIII Congreso únicamente 53 personas repetían, mientras que los militares obtuvieron 99 representantes, evidenciando una importancia creciente en la política china y su papel protagónico según avanzaba la Revolución Cultural.

Los guardias rojos, por su parte, tuvieron una presencia testimonial, directamente proporcional a su ocaso, destacando Nie Yuanzi, reconocida por colgar el famoso cartel en grandes caracteres del 25 de mayo de 1966, como miembro suplente del Comité Central.

El nuevo Politburó, constituido en la I Sesión Plenaria del IX Comité Central, estaba formado por 24 miembros plenarios y cuatro suplentes, reflejando su composición los bandos existentes en el seno de “los vencedores”: la vieja guardia, encabezada por el siempre leal Zhou Enlai, el Grupo Central para la Revolución Cultural, liderado por Jiang Qing, Zhang Chunqiao y Kang Sheng, y los miembros del Ejército Popular de Liberación (EPL), cuya figura más destacada era Lin Biao.

El objetivo del IX Congreso fue, por tanto, anunciar la victoria y el fin de la Revolución Cultural. Apenas tres años después de su comienzo Mao pretendía que la situación a nivel general se normalizase progresivamente y hacer de dicho congreso un nuevo comienzo para el PCCh, ya purificado.

Después de prácticamente tres años actuando al margen del PCCh, dinamitándolo y haciendo caer varios de sus pilares; después de sustituir todas las estructuras provinciales de poder y de sembrar el caos en el país, Mao optó por reestructurar y recomponer el PCCh. Había considerado que el correctivo aplicado por las masas revolucionarias era suficiente, por lo que se debía dar comienzo a una etapa constructiva. Pero no fue así. La división faccional patente tras la composición del Politburó impidió que la nueva etapa que debía dirigir a la nación guiada por el Pensamiento Mao Zedong mantuviera el rumbo, embarrándose en una sucesión de intrigas palaciegas propias de la época imperial.

Los veteranos eran leales a Mao y sus ambiciones políticas eran limitadas, por lo que en la práctica la división era entre dos alas del Politburó, la civil y la militar. Hasta la muerte de Lin Biao la militar fue la más poderosa, ya que se encontraba afianzada a nivel provincial y su máximo representante era el heredero de Mao. Su desaparición y los motivos que la motivaron fueron un duro revés para Mao y la puntilla para una Revolución Cultural que pendía de un hilo.

Pese a los intentos por denostar a Lin se había llegado a un punto en el que era imposible presentar a la opinión pública que nuevamente un heredero había incurrido en multitud de errores. Sobre todo Lin, uno de los grandes defensores de la Revolución Cultural e impulsor del culto a Mao. El revés político obligó a buscar nuevas soluciones, convirtiendo la Revolución Cultural en poco más que una lucha en el seno del PCCh.

Acercamiento a los “viejos derechistas” y fin del aislacionismo

Tras la muerte de Lin el presidente Mao, que había caído enfermo, comenzando a evidenciar cierto declive físico, buscó un acercamiento con los miembros que habían sido purgados por ser seguidores de la vía capitalista. Para justificar su nueva decisión, el Diario del Pueblo publicó en su editorial del 24 de abril de 1972 una cita del presidente: “Debemos estar convencidos de que más del 95% de nuestros cuadros son buenos o bastante buenos, y que la mayoría de los que han cometido errores son capaces de rectificar”.

El primer paso fue asistir al funeral del mariscal Chen Yi, purgado durante la Revolución Cultural, dejando la puerta abierta a un posible perdón a sus viejos camaradas. Realmente el golpe de timón de Mao tenía sentido, no era incongruente con su forma de actuar, pues siempre le interesó mantener en equilibrio la balanza política. Lin Biao formaba parte del núcleo de la izquierda más radical, por lo que su caída fue causa-efecto para la reconciliación con los viejos “derechistas”, comenzando por los funcionarios de bajo rango.

El cambio de postura de Mao hizo que Zhou Enlai adquiriera un mayor protagonismo durante finales de 1971 y 1972, aprovechando la pérdida de influencia de los miembros del antiguo Grupo Central para la Revolución Cultural, desaparecido el 12 de septiembre de 1969, transfiriendo sus poderes al Politburó (pese a ello entró en expansión el Grupo Central de Evaluación de Casos, formado por prácticamente las mismas personas). A parte de rehabilitar progresivamente a algunos de los cargos purgados durante la Revolución Cultural el cambio de actitud se produjo a nivel internacional, poniendo fin al aislacionismo: el 25 de octubre de 1971 se votó en la Organización de las Naciones Unidas que la República Popular China ocupara el asiento de la República de China (Taiwan). Los tímidos movimientos aperturistas desembocaron en la visitan del presidente estadounidense Richard Nixon a China en febrero de 1972, reuniéndose con Zhou y con Mao.

El problema de la sucesión

Con un Mao débil la cuestión de la sucesión se tornaba fundamental. Por desgracia para él, con Lin Biao muerto, de los tres miembros que le acompañaban en el Comité Permanente del Politburó ninguno estaba en condiciones de sucederle: en 1972 diagnosticaron cáncer de vejiga a Kang Sheng, ideólogo de la Revolución Cultural, y a Zhou Enlai, mientras que Chen Boda, excesivamente radical para el nuevo panorama chino, fue apartado por revisionista y elemento anticomunista. Mao comenzó a valorar la hipótesis de situar como sucesor a un auténtico hijo de la Revolución Cultural, el líder obrero afincado en Shanghai Wang Hongwen. Su edad, apenas llegaba a los cuarenta años, y su falta de experiencia y formación fueron varios lastres que Mao tuvo que capear como pudo, instándole a estudiar mientras hizo regresar de su retiro forzoso a Deng Xiaoping en 1973.

Pese a que los congresos debían realizarse cada cinco años la situación requería de medidas de urgencia. La constitución aprobada durante el IX Congreso describía a Lin Biao como su sucesor.

El X Congreso del PCCh

En agosto se celebró, por tanto, el X Congreso del PCCh, al que asistieron 1249 delegados. En él se ratificó la línea del IX, llamando a “persistir en continuar la revolución bajo la dictadura del proletariado” y a “perseverar en la Gran Revolución Cultural Proletaria”. Más allá de la crítica a Lin Biao y su camarilla, el PCCh volvió a repetir el error del congreso anterior, prolongando una situación que había agotado su razón de ser hacía ya varios años.

En cuanto a la organización interna, se formó un nuevo Comité Central compuesto por 195 miembros plenarios y 124 suplentes. Lo más significativo fue la reducción prácticamente a la mitad de los miembros militares, ratificando la desmilitarización de los órganos internos. El Comité Permanente aumentó de cinco miembros a nueve, y el hecho de que se nombrara a Wang Hongwen como segundo viceministro, por detrás de Zhou, lo situaba como futuro sucesor de Mao.

Últimos movimientos

A finales de 1974 Mao empezó a dar muestras de desencanto con Wang. Su acercamiento a Jiang Qing, Zhang Chunqiao y Yan Wenyuan, representantes de la facción más radical, le preocupó, pues sabía que su sucesor debía lidiar con varios frentes, entre ellos el EPL, y un radical tendría la oposición de los militares. El factor Deng Xiaoping era necesario para equilibrar las fuerzas frente a la Banda de los Cuatro (Jiang, Zhang, Yan y Wang), quienes mantendrían encendida la llama revolucionaria que prendió en 1966.

1975 destacó por el papel de Deng a la hora de impulsar una serie de reformas económicas, en la industria, en el EPL, en los transportes y en la educación. Como ya hiciera tras el fracaso del Gran Salto Adelante, sus objetivos fueron reactivar la economía después de un proceso caótico.

Pero la nueva dirección tenía fecha de caducidad. Deng Xiaoping fue apartado del poder a principios de 1976, purgado por segunda vez, al negarse a presidir una reunión del Politburó en la que debía destacar que la Revolución Cultural había tenido un 70% de aciertos y 30% de errores, demostrando que su lealtad no pasaba por justificar lo acontecido durante la última década (en la primavera de 1976 sería destituido de todos sus cargos, manteniendo, eso sí, la militancia).

El final de la Revolución Cultural

Zhou Enlai fallecía el 8 de enero de 1976, quedando vacante el puesto de primer ministro. Mao nombró a Hua Guofeng, un hombre que a diferencia de los protagonistas habituales se encontraba por encima de las luchas faccionales. Pese a ello, las continuas maquinaciones de la Banda de los Cuatro por heredar el poder absoluto y los intentos por desestabilizarle hicieron que Hua se acercara a sus oponentes, con los que comenzó a organizar las estrategias a seguir cuando llegase el momento.

En la madrugada del nueve de septiembre de 1976 el corazón de Mao Zedong dejó de latir. Con su fallecimiento se ponía fin a la Revolución Cultural y a las esperanzas de la Banda de los Cuatro. El 6 de octubre fueron arrestados, sin despertar la más mínima protesta popular. La Revolución Cultural había terminado.