Elecciones Taiwán 2020 (y VI): Una línea roja para China Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China. Autor, entre otros, de “Taiwán, el problema de China” (La Catarata, 2005).

In Análisis, Taiwán by Xulio Ríos

Para Beijing, el asunto de Taiwán son palabras mayores. Es un epítome de la decadencia y crisis en que se vio sumido el país en el siglo XIX y hoy forma parte de sus “intereses centrales”. El definitivo adiós a aquella etapa histórica no puede prescindir de Taiwán. Por tal motivo, la culminación del ciclo de modernización y la reunificación representan dos caras de la misma moneda. Y esa misma razón convierte en harto improbable la renuncia de Beijing a establecer un  marco unificador, el que sea, que incluya a Taiwán como ya hizo con Hong Kong (1997) o Macao (1999). El centenario de la República Popular China (2049) señala un horizonte cronológico que motiva especialmente a las autoridades continentales para encontrar una solución y, en paralelo, extrema la preocupación en la isla.

Los años con Tsai Ing-wen y el PDP al frente de Taiwán han sido complicados para las ambiciones de Beijing y el PCCh. En el periodo inmediatamente anterior (2008-2016), con Ma Ying-jeou y el KMT, logró que el “Consenso de 1992”, que preceptúa la existencia de “una sola China” en el mundo, impregnara todas las políticas a través del Estrecho. El acelerón se plasmó en el incremento exponencial de los intercambios a todos los niveles y en la tregua diplomática. La victoria de Tsai en 2016 truncó aquella trayectoria, iniciándose un distanciamiento con ribetes de confrontación que encuentran eco en las también complejas relaciones de China con EEUU. En ese triángulo, Taiwán es el eslabón más débil ante la amenaza constante de convertirse en moneda de cambio.

En los últimos años, la política del PCCh en relación a Taiwán discurrió por dos carriles. De una parte, adoptando medidas para desgastar la confianza de los partidarios de la independencia haciendo ver la reunificación como algo inevitable, arrebatando a Taiwán aliados diplomáticos, imponiendo restricciones económicas y realizando ejercicios militares en su entorno. De otra, sugiriendo propuestas orientadas a fortalecer los intercambios y a facilitar la equiparación progresiva a todos los efectos de los residentes en la isla con los chinos continentales.

En el balance podemos significar algunos datos reveladores. Por ejemplo, el número de taiwaneses que trabajan en China continental alcanzó su nivel más bajo en 10 años, y el porcentaje de turistas chinos que visitan Taiwán pasó de representar el 40,1 por ciento en 2015 al 25,8 por ciento de 2019. El enrarecimiento del clima político en el Estrecho enfrió abruptamente las relaciones. No obstante, Beijing sigue recurriendo al atractivo económico de su territorio para estimular el pragmatismo de los taiwaneses llevándoles al convencimiento de que en caso de reunificación, los beneficios compensarán de largo los deméritos.

Desde que en la segunda mitad de los años noventa, Jiang Zemin lanzó una tanda de misiles balísticos para influir en el curso político de Taiwán, el PCCh parece haber comprendido lo negativo de las consecuencias de este proceder. Es por eso que sin renunciar al recurso a la fuerza, cosa que siempre ha dejado en claro, prefiere optar por alternativas en positivo y/o más sofisticadas. En la campaña electoral, por ejemplo, la intromisión del PCCh para influir en la opinión pública, ha sido uno de los temas estrella. Los ejemplos van desde la compra de cuentas en las redes sociales a sembrar fake news o influir en las compañías de medios que tienen relaciones importantes con el continente.

En los últimos meses también ha privilegiado los incentivos para hacer olvidar las presiones de antaño. En noviembre presentó las “26 medidas” orientadas a mejorar el trato a las empresas y ciudadanos de Taiwán, que se suman a las otras “31 medidas” de febrero de 2018 para promover los lazos económicos y culturales. Ese mensaje lo reafirmó en la Cumbre Zhijinshan 2019 para empresarios de ambos lados del Estrecho que tuvo lugar a primeros de noviembre de 2019. El KMT las aplaudió, el PDP las condenó.

El pasado octubre anunció el establecimiento de cuatro nuevas bases para el intercambio a través del Estrecho en Zhejiang, Hubei, Fujian y Guangxi. Desde 2009, ha establecido un total de 75 bases de este tipo en 23 regiones que funcionan como resortes que tiran de la isla hacia el continente. También ha recurrido al caramelo de las infraestructuras, anunciando estudios preliminares para un puente que conecte Xiamen con Kinmen y otro que enlace Fuzhou y Matsu.

De lo que se trata es de establecer un amplio paquete de medidas que aspiran a conformar una especie de reunificación de hecho entre ambas comunidades a la espera de que sea posible la reunificación de derecho.

El palo, por otra parte, también se visibiliza y genera no pocos sentimientos encontrados. A principios de diciembre último, por ejemplo, el agente chino del YouTuber taiwanés Potter King le exigió que borrara todos los videos en los que se dirigía a Tsai Ing-wen como “presidenta”. La celebridad de Internet respondió desafiante diciendo que prefería dejar el mercado chino que arrodillarse ante él. El efecto que tendrá el incidente en las elecciones del 11 de enero no le será favorable a Beijing, especialmente entre los jóvenes, de por sí, en su mayoría adeptos del PDP.

Por el momento no es previsible que China impulse cambios radicales en su política. Es difícil para Beijing cambiar a un enfoque más conciliador con Taiwán si no pierde el PDP. Lo preocupante en todo caso es que la isla forme parte de los planes de Xi Jinping, que ansía dejar una huella imborrable en la historia contemporánea china. Y esto podría tener un reflejo trágico en Taiwán.