Taiwán, entre rebeldía y victimismo Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Análisis, Taiwán by Xulio Ríos

La presencia militar de China continental cerca de Taiwán ha llegado a un nivel sin precedentes. El ministro de Defensa de la isla, Chiu Kuo-cheng, declaró días atrás que las tensiones están en su peor momento en 40 años, advirtiendo del riesgo de un ataque accidental entre las dos partes. Los comentarios se produjeron después de que China enviara hasta 150 aviones militares a la zona de defensa aérea de Taiwán en menos de una semana. En comparación, el ejército chino desplegó 380 aviones militares cerca de Taiwán durante todo el año pasado. A ello se sumaron simulacros de operaciones de desembarco y ataque en Fujian, la provincia costera frente a Taiwán.

Sin embargo, a renglón seguido, en una comparecencia parlamentaria, el máximo responsable de asuntos continentales en Taiwán, Chiu Tai-san, se apresuraba a añadir que Beijing no se estaba preparando necesariamente para un ataque. Por el contrario, simplemente estaría respondiendo a la reiteración de ejercicios militares conjuntos (de los que se habla menos) entre EE. UU., Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia, Canadá y Japón, que se desarrollaron no muy lejos de sus aguas territoriales. O a las también intensificadas operaciones de “libertad de navegación” (no incursiones) en aguas del Estrecho de buques militares de varias potencias occidentales, encabezadas por EEUU.

Ampliando el foco, recientemente también se reveló que una unidad de operaciones especiales de la Infantería de Marina de los EE.UU. ha estado operando en secreto en Taiwán para entrenar a sus fuerzas militares desde hace un año. Por otra parte, paralelamente, las autoridades estadounidenses decidieron ampliar la cooperación militar tanto a nivel de intercambios como en venta de armamento. El United Daily News (UDN) en lengua china dijo que el jefe del ejército, al frente de una delegación de ocho altos oficiales, partió de Taipéi para EEUU en lo que para unos era parte de un programa anual de intercambio entre ambos mientras que para otros se trataba de una visita inicialmente planeada como secreta. Funcionarios taiwaneses también se habrían puesto en contacto con Washington para discutir la posibilidad de acelerar la entrega de aviones F-16 a Taiwán. La venta de los 22 aviones de combate fue aprobada en 2019, pero Taiwán espera acelerar el tiempo de entrega real, que normalmente puede tardar hasta 10 años.

A comienzos de octubre, el ministro de Defensa de Taiwán, Chiu Kuo-cheng, dijo que China estará en condiciones de lanzar un ataque “a gran escala” contra la isla antes de 2025. Por su parte, el almirante de la Armada estadounidense Philip Davidson considera que el plazo es de seis años, coincidiendo con el primer centenario de la fundación del Ejército Popular de Liberación (2027) y tiempo mínimo necesario para poner a punto el equipamiento más avanzado para desarrollar una guerra naval.

En ese escenario de disuasión reciproca, además del tablero militar, cabe tener presente el geoeconómico-regional, con la atención puesta en la pugna por el ingreso en el tratado de integración económica CPTPP. China lidera el RCEP y Taiwán aspira a integrarse en el primero, como también China, cuyo ingreso solicitó antes y podría bloquear la solicitud de Taipéi con la ayuda de algunos de sus 11 miembros actuales. Si Taiwán se queda fuera de ambos tratados, peligra la vitalidad de su economía.

Una rebeldía partida a la mitad

El escenario político taiwanés ha registrado un pequeño vuelco con la elección de Eric Chu como líder del nacionalista Kuomintang (KMT), el primer partido de la oposición. Chu, que fue felicitado por Xi Jinping, es un centrista que suscribe el ideario tradicional del partido, cuestionado en gran medida por su predecesor en el cargo, Johnny Chiang. El restablecimiento de la cooperación entre el KMT y el PCCh abre paso a la recuperación del moribundo “Consenso de 1992” que sirve de guía para el desarrollo de los contactos bilaterales y es expresión de la vigencia del principio de “una sola China”.

Las recientes celebraciones del Doble Diez, fiesta nacional en Taiwán, han marcado aguas entre las dos principales formaciones. La presidenta Tsai Ing-wen dijo que la República de China y la República Popular China “no deben estar subordinadas la una a la otra”, pudiendo interpretarse como que las dos partes son países separados, lo que podría agudizar aún más las tensiones en el estrecho. Para Eric Chu, el discurso de Tsai Ing-wen es inconstitucional y pretende cambiar el statu quo para conseguir la independencia.

La agenda taiwanesa podría complicarse si el año próximo se lanza la reforma constitucional, presentada en 2020. Entre sus contenidos figura suprimir instituciones como el Yuan de Control o de Exámenes, modificar el himno nacional, eliminar las referencias a la provincia de Taiwán y a la reunificación así como el símbolo que representa Sun Yat-sen y toda alusión a los territorios del continente que no forman parte en sentido estricto de la actual República de China. En Beijing interpretarán este posible rumbo en clave de alteración sustancial del statu quo.

El consenso entre soberanistas y nacionalistas es imposible. Sin embargo, la opinión pública, según reflejan las encuestas, se aleja cada vez más del continente. Esto complica las expectativas electorales del KMT y, a la postre, dificulta la estrategia del PCCh de promover una reunificación de facto a la espera de la reunificación de iure. No es descartable incluso una ruptura en el nacionalismo en beneficio de un tercer espacio representado por el Partido Popular, que lidera el alcalde capitalino Ko Wen-je. En la isla, en lo político, las expectativas no son muy halagüeñas para los partidarios de la reunificación.

China versus EEUU

Pese a ello, China no se apeará. Para el Partido Comunista, la que los portugueses llamaron Formosa es una provincia “rebelde” que debe reunificarse si o si, por la fuerza si es necesario. Esta última posibilidad sugiere que no puede descartarse un escenario de guerra que podría involucrar a otros poderosos actores de la geopolítica global, desatando una IIIª Guerra Mundial.

La posición estratégica de la isla influye en la vulnerabilidad continental, limitando seriamente la proyección oceánica del país. Nadie duda, por otra parte, del valor de la ruta del Estrecho por su trascendencia para la seguridad económica, comercial y energética de las economías de Asia Oriental. A sensu contrario, la isla es pieza clave de la estrategia estadounidense del Indo-Pacífico.

Tampoco se deben despreciar algunos datos. Pese a los esfuerzos del soberanista PDP por reducir incómodas dependencias, el 42% de las exportaciones de la isla se dirigen hacia el continente y Hong Kong. En 2020, alcanzaron 192 mil millones de dólares, con un incremento del 30 por ciento desde 2010. Decenas de miles de taiwaneses han invertido o trabajan en la Gran Tierra que actúa como un poderoso imán de talento hacia sus ingenieros y demás personal cualificado.

Cabe tener en cuenta también que Taiwán es la 21ª economía del mundo, con unos índices económicos equiparables a los de España en términos de IDH o renta per cápita, pero con sus empresas acaparando más del 40 por ciento del hoy vital mercado mundial de chips.

Con todo, para China, Taiwán es la ficha que debe completar la revitalización del país y el PCCh no se imagina cerrar el ciclo de la decadencia sin recuperar el control sobre el último vestigio que le recuerda a un país que en el siglo XIX se vio humillado por las potencias extranjeras (debió ceder Taiwán a Japón). La reunificación es la otra cara de la modernización. Por eso, si alguna fecha nos debe servir de referencia para alcanzar una solución es 2049.

El problema de Taiwán es también para EEUU un referente clave. Es claro que Washington utiliza a Taiwán como una de las puntas de lanza de su política de contención. Taiwán no es un asunto solo regional sino parte de la competencia estratégica entre EEUU y China. Donald Trump dio un vuelco a la política tradicional en este sentido. Biden no ha alterado este rumbo. Además, ha profundizado la estrategia de presión creando en septiembre el AUKUS, con Australia y Reino Unido y reflotó el QUAD (Japón, Australia e India). La idea de involucrar a otros países en la confrontación en torno a Taiwán sirve a los intereses de EE.UU., que rehúye un conflicto directo con China pero aspira a influir en las acciones del país asiático indirectamente.

Es seguro que en la reunión entre el asesor de Seguridad Nacional Jake Sullivan y el máximo responsable de la diplomacia china Yang Jiechi en Zúrich el 6 de octubre se habló de Taiwán con el afán común de evitar desbordamientos indeseados. Washington garantizó que su política hacia Taiwán no ha cambiado y que mantiene sus compromisos con la defensa de la isla, mientras Biden certificaba haber llegado a un compromiso con su homólogo chino, Xi Jinping para cumplir el “acuerdo de Taiwán”, en esencia, el respeto del statu quo.

El victimismo taiwanés

Para Taiwán, la crispación actual no es necesariamente perjudicial. Por dos motivos principales. Primero, internamente, al PDP le beneficia electoralmente. Si en 2020, Tsai Ing-wen logró repetir mandato fue, básicamente, gracias a la crisis en Hong Kong, nunca por méritos propios según reflejaban las encuestas. En 2022 habrá unas importantes elecciones locales. De cara a 2024, un escenario de tensión con Beijing le podría beneficiar de nuevo opacando otros asuntos de la agenda. Estratégicamente, la continuidad del PDP al frente del gobierno en la isla cortocircuita cualquier tendencia sólida hacia la reunificación.

Segundo, la simplificación de la confrontación con el continente sugiriendo hipótesis del tipo “comunismo o libertad” provoca un efecto arrastre de solidaridad del orden liberal-conservador mundial que le visibiliza en mayor medida globalmente. El apoyo bipartidista en EEUU facilita la elevación de la cooperación con Taiwán y de este con terceros países evolucionando de lo comercial a las áreas política y de seguridad. De Japón a Australia, pasando por la UE y otros, en esas estamos. Aunque el alarmismo en sustancia esté poco justificado sirve a los intereses del PDP y también de EEUU acentuando el perfil amenazante de la emergencia china. Aunque puede experimentar bajas (quizá el aliado hondureño, próximamente).

En este sentido, cabe recordar que ni los aviones del ejército continental se adentraron nunca en el espacio aéreo propiamente taiwanés ni sus buques en sus aguas territoriales. Ni tampoco la actual crisis es comparable con otras anteriores, desde la de 1950 a las de 1955, 1959 o, más recientemente, la de 1996, que incluyó el lanzamiento de misiles con carga hueca a las cercanías de la isla.

Futuro

¿Más ruido que nueces? El profesor de la Universidad Nacional de Defensa, Ma Chen-kun, ha significado que no existe peligro real de guerra en el Estrecho, y augura que la tensión no seguirá subiendo, aunque sí se mantendrán las incursiones y los ejercicios militares en torno a la isla. Para el profesor Ma, el objetivo último de estas incursiones es reducir el grado de profundidad de la defensa del ejército taiwanés. También interpreta tres mensajes del último discurso de Xi Jinping relacionado con Taiwán: China continental no va a invadir militarmente Taiwán; el gobierno taiwanés no debe traspasar las líneas rojas de Beijing; y las relaciones del Estrecho deben desarrollarse pacíficamente. Ma Chen-kun también apunta que EE.UU. y China entienden perfectamente las acciones del uno y del otro con respecto al contencioso del Estrecho. Estados Unidos entiende que China continental no puede tolerar la independencia de Taiwán, y China continental entiende que EE. UU. mantenga su compromiso en la defensa de Taiwán. Según el experto, ninguno de los dos irá más allá para romper este “consenso”.

Shelley Rigger, observadora de larga data de la política taiwanesa en el Davidson College en Carolina del Norte, sugiere que Beijing estaría “tratando de disuadir a Taiwán de imaginar que hay algún tipo de oportunidad para hacer un cambio en su propia posición y también tratando de disuadir a EE.UU. de proporcionar apoyo o crear la impresión en Taiwán de que este podría ser un buen momento para presionar más”.

Esto no quita que sea importante fomentar la prevención. Chao Chun-shan, profesor honorario de estudios sobre China en la Universidad de Tamkang, sugirió que Beijing y Taipéi deberían establecer un mecanismo de gestión de crisis para evitar la sospecha estratégica mutua causada por la falta de canales de comunicación, suspendidos desde 2016, que alimenta la escalada de hostilidad entre ambos.