Guerra comercial, ¿guerra informativa? Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Análisis, Política exterior by Xulio Ríos

¿Quién ganará la guerra comercial? La imposición de aranceles por parte de la Administración Trump a determinados países ha desatado reacciones que no se deben menospreciar. La Casa Blanca ansía reducir por la brava los desequilibrios de su balanza comercial recurriendo a medidas proteccionistas tras lustros abanderando el libre comercio, que ahora Trump viene a conceptuar como “práctica comercial injusta”. Los tira y afloja que proliferan entre las principales economías mundiales pueden aliviar la tirantez o, por el contrario, agravarla. Es pronto para vaticinar la desactivación o el agravamiento con guerras tecnológicas y monetarias a gran escala. Lo que es menos dudoso  es que China podría otra vez resultar vencedora de estas tensiones, tanto en lo geopolítico como en lo económico, como también lo ha sido de la propia globalización.

El orden informativo

Por el momento, la principal ofensiva china como respuesta a las políticas de Trump se ha circunscrito al orden mediático. Frente a las bravatas de la Casa Blanca, sus reacciones retóricas han sido las que cabría esperar pero, en la práctica, se ha conducido con moderación, apelando al diálogo, ejerciendo el máximo control, interponiendo reclamaciones ante la OMC y abundando en listas de aranceles cuya entrada en vigor parece demorar con la esperanza de que una alianza con las economías desarrolladas no proteccionistas acabe por encorsetar los improperios de Washington.

Donde no hay contemplaciones es en el orden mediático. En el frente exterior, inmersa en una profunda transformación de su política informativa global, China ha descargado sus iras con tres ideas centrales. Primero, dejando claro que a Beijing no le queda más alternativa que devolver el golpe a la vista de que EEUU opta por la aplicación de medidas unilaterales. Segundo, que la guerra comercial, “la mayor contra China de la historia”, no afecta solo al comercio sino que pretende condicionar el futuro mismo de la modernización del país. Es decir, el enfoque de la Casa Blanca se centra en impedir el derecho de las empresas chinas a crecer, el derecho de su industria a desarrollarse y el derecho de su economía a modernizarse porque ello supondría “América, no first”. En tercer lugar, la guerra comercial es el instrumento ideado por Washington para presionar a China a fin de que abandone su opción de desarrollo, basada en la preservación de su orientación socialista.

El discurso mediático de China se apegó así a la defensa a ultranza de una mundialización inclusiva, del libre comercio y el multilateralismo, procurando sumar aliados a la defensa de las normas internacionales, aliados a los que multiplicó los guiños de apertura de su mercado interior para ablandar las críticas que muchos de ellos comparten con la Administración Trump. El proteccionismo dañará los intereses de todos en el mundo actual, un mundo caracterizado por la interdependencia, asegura Beijing.

Buena parte de la defensa china para contrarrestar las acusaciones de EEUU y neutralizar su impacto en la opinión pública se ha centrado en el desmentido de obtener ventajas adicionales mediante prácticas de comercio desleal como la transferencia forzada de tecnología, el intervencionismo estatal en sectores y empresas estratégicas, o la protección de determinados segmentos del mercado. En estos procederes chinos hay, sin duda, conductas cuestionables a juzgar por las denuncias presentadas por empresas y gobiernos. Otra cosa es que la guerra se desate para obligarla a cambiar elementos centrales de su modelo económico (defensa de la planificación o de un papel preponderante de la propiedad pública, por ejemplo) con el argumento de que suponen un agravio para las economías desarrolladas.

Es comprensible que China quiera proteger a sus empresas y sectores estratégicos ante una competencia exterior que a la vista del diferente nivel de desarrollo, en caso de acceder a una apertura incondicional y no progresiva, serían literalmente sacrificados en el altar de los intereses de las multinacionales extranjeras.

Prohibiciones y cautelas internas

Internamente, la censura china intentó desde el primer momento controlar la narrativa sobre la guerra comercial, principalmente a través de una lista enviada a la prensa nacional sobre lo que se puede o no escribir, según revelaron fuentes del South China Morning Post. Según esta petición de las autoridades, los medios deberían ser “extremadamente cuidadosos” para no relacionar la guerra comercial con la caída, por ejemplo, de las bolsas, la desvalorización del yuan o cierto bajo rendimiento de la economía, evitando que cunda el pánico. Las cautelas expresadas en este sentido se explican por el enorme nerviosismo de los inversores a la vista de la evolución de los índices económicos nacionales. Los medios oficiales se afanan por presentar datos e interpretaciones que abundan en la salud global del sistema y en sus resiliencia para encarar los nuevos desafíos derivados de una hipotética intensificación de la guerra comercial.

En paralelo, la prensa “con apellido del Partido” multiplicó los editoriales y artículos cargando las tintas contra EEUU y la intencionalidad estratégica de sus decisiones. Los medios locales y los portales electrónicos únicamente pueden reproducir el contenido de los órganos oficiales. Igualmente, entre las normas dictadas se significa la prohibición de la traducción inmediata de las invectivas del presidente Trump en Twitter, una red que está bloqueada en China.

Consecuencias políticas

La guerra comercial desatada por la Administración Trump provocó no poco desconcierto en China. ¿Se esperaban estas medidas? Da la impresión de que no. Pero, además, algunos datos dejaron en evidencia la fragilidad de la propia economía china y sus enormes dependencias. El caso de ZTE fue paradigmático. La empresa se vio obligada a anunciar la paralización de “sus principales actividades” tras el bloqueo dispuesto por el Departamento de Comercio de Estados Unidos, quien decretó que Qualcomm no podía vender sus componentes a ZTE durante un plazo de siete años después de que el fabricante chino rompiera un acuerdo por el cual se comprometía a no suministrar equipos con elementos de origen estadounidense a Corea del Norte, actividad de la que se declaró culpable el año pasado. Una inmensa fragilidad quedó al descubierto y la opinión pública china se percató de que la fortaleza declarada del país, un discurso muy insistente en los últimos tiempos, presentaba sombras de gran calado.

El atolladero de las negociaciones bilaterales desató rumores sobre una guerra de poder en la cumbre protagonizada, según unos, por el vicepresidente Wang Qishan y el propio Xi, anticipo de una nueva redistribución del poder en perjuicio de Xi que podría consumarse en marzo del próximo año con una nueva reforma de la Constitución. Otros, no obstante, señalan que la pérdida de poder de Xi obedecería al colapso de su discurso “nacionalista y arrogante” que ahora se evidenciaría “sin fundamento real”. El plante de EEUU ante el temor de verse prontamente superado por el gigante chino limitaría los planes de Xi de avanzar a marchas forzadas en la realización del sueño chino, de la modernización tecnológica, de la mejora de las capacidades militares, de la transformación estructural de la economía, de la unificación de Taiwán… sugiriendo una vuelta a la prudencia del denguismo. Todo el lenguaje alentado por el xiísmo apuntando a una inminente supremacía global habría quedado al desnudo, dando alas a sus críticos para endilgarle la etiqueta de “aventurerismo estratégico”.

En suma, el aumento de la presión por parte de Trump ha redoblado las cautelas de la propaganda china que a duras penas consigue disimular los severos impactos de unas medidas que si bien con base en los aranceles van mucho más allá de lo estrictamente comercial.