Aguas armadas Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

In Análisis, Seguridad y defensa by Xulio Ríos

El encuentro de la subsecretaria de Estado de EEUU, Wendy Sherman, a finales de julio en Tianjin con su contraparte china, reflejó la misma dinámica que el previo de Anchorage, en Alaska: reproches mutuos sin cuartel. La suya fue la visita más destacada a China desde que Joe Biden llegó a la Casa Blanca, en enero, pero solo sirvió para resumir –otra vez- las “líneas rojas” chinas (respeto al sistema político, desarrollo económico e integridad territorial) que EEUU conoce bien. Las conversaciones no han mostrado avances. Tampoco se espera que los haya a finales de octubre en Roma en la cumbre del G20 cuando se produzca el encuentro entre Biden y Xi.

La gira de Wendy Sherman incluyó  a Japón, Corea del Sur y Mongolia. Y en el vuelco hacia la región debemos  referenciar también la visita del secretario de Estado, Antony Blinken, a la India y la visita del secretario de Defensa, Lloyd Austin, a tres países del sudeste asiático. El objetivo de este impulso diplomático es múltiple (promoción de la estrategia del Indo-Pacífico, ventas de armas, QUAD, etc.) pero su nervio estructural es uno: enhebrar las discordias para contener a China. La vertebración de la tenaza militar occidental frente a China prosigue su inexorable curso.  ¿Tendrá éxito? Hay, sin duda, avances claros pero no debiera infravalorarse la capacidad de reacción de Beijing.

EEUU, al tiempo que acelera la retirada de otros escenarios tradicionales de conflicto, multiplica su presencia militar en el entorno del Estrecho de Taiwán, el Mar de China meridional y aguas vecinas. El efecto inmediato más peligroso es el acicate que supone para el soberanismo taiwanés (esta semana se anunció la primera venta de armas a Taipéi de la era Biden por valor de 750 millones de dólares). Complementariamente, las medidas legislativas y políticas de EEUU agrietan la política de “una sola China” dinamitando el consenso establecido en los años setenta. ¿Llegarán a establecer fuerzas en alguna de las bases militares de Taiwán? Hay quien llama ya a trasladar los aviones de combate de los portaaviones a las bases terrestres de la isla.

También las presiones a los países vecinos para que elijan bando van en aumento por más que para muchos resulte una elección indeseable. Algunos la demoran quizá confiando en que en pocos años se clarifique un poco más el balance de fuerzas. China es un socio económico más que deseable y en tiempos de pandemia, un activo del que nadie puede prescindir.

Beijing ha tomado la iniciativa en la ratificación de uno de los acuerdos comerciales más grandes del mundo iniciado por la ASEAN, el Acuerdo de Asociación Económica Regional Integral (RCEP), y ha hecho todo lo posible para proporcionar a los países de la ASEAN vacunas contra el nuevo coronavirus y apoyo para establecer centros regionales de producción y distribución de vacunas. En el caso de ASEAN, en el primer semestre de este año el comercio bilateral superó los 410.000 millones de dólares, lo que supone un aumento interanual de 38,2 por ciento. La ASEAN sigue siendo el mayor socio comercial de China, y la inversión mutua acumulada supera los 310.000 millones de dólares.

Países a remolque

El toque a rebato de Washington trasciende a los vecinos. El secretario de Defensa británico, Ben Wallace, anunció que este año el Reino Unido va a desplegar “permanentemente” dos buques en la región del Indo-Pacífico junto con Japón. Tras reunirse con el Ministro de Defensa japonés, Nobuo Kishi, se evidenció un claro proceso de establecimiento de las bases de una alianza contra China. En septiembre, un grupo de ataque del portaaviones HMS Queen Elizabeth participará en un ejercicio militar conjunto con la Fuerza de Autodefensa Marítima de Japón en el Golfo de Adén.

Francia también mostró su disposición a enviar más buques de guerra a la región, y este verano, el portaaviones francés FS Charles de Gaulle, junto con los buques de asalto anfibio con helicópteros de desembarco, toman parte en unas maniobras militares conjuntas dirigidas por Estados Unidos y Japón en las aguas próximas a China.

Alemania, además de tener un acuerdo de cooperación e intercambio de información con Japón, también enviará un buque de guerra para asistir a esas maniobras militares conjuntas. Está previsto que sus embarcaciones naveguen por el mar de China Meridional en diciembre, convirtiéndose así en el primer destacamento naval alemán que pasa por la región desde 2002.

Aún así, los tres países europeos buscan un difícil equilibrio entre las exigencias estadounidenses de cooperación anti-China y el deseo de no deteriorar las relaciones (comerciales) con un socio clave.

¿Que se le habrá perdido medio mundo más allá de sus costas a las grandes potencias occidentales? Dicen que se trata de prever las amenazas a la libertad de navegación, de las que, al menos por el momento, no existe constancia alguna. Es EEUU quien controla hoy todos los puntos estratégicos de la región y dispone de capacidad para bloquear flujos vitales para China. ¿Cómo reaccionaría EEUU si China organizara unos ejercicios militares en aguas próximas al Golfo de Florida? ¿O si estableciese una alianza militar a sus puertas, con Cuba y Venezuela? ¿O, en el caso de Europa, si sus buques se adentraran en el Mediterráneo o en cualquiera de sus mares contiguos?

Beijing se prepara para un periodo de tensión prolongada con Washington y los países occidentales. El ex vicepresidente Mike Pence lo dejó claro en su discurso en el Instituto Hudson del 4 de octubre de 2018: “EEUU no tiene más remedio que prepararse para enfrentarse a China si no quiere perder Asia y para asegurar la defensa de “un orden internacional basado en (sus) reglas””. Y los principales países europeos, sin autonomía ni voluntad de tenerla, se suman a la misión imperial. La respuesta china pasa por profundizar la relación con Rusia. Beijing ha invitado a Moscú a un ejercicio militar en la parte noroccidental de China que debe exhibir la confianza mutua. Pero una respuesta oblicua exigiría fortalecer la diplomacia de vecindad, insistir en el alcance de los lazos económicos y, sobre todo, arbitrar complementariamente medidas de confianza que plasmen un código de conducta con suficientes garantías para las partes interesadas.