Las crisis de COVID-19 y del cambio climático, diferentes pero interrelacionadas Rosa María Rodrigo Calvo, Licenciada en Estudios de Asia oriental y Máster en China Contemporánea y Relaciones Internacionales. Doctora en Farmacia

In Análisis, Sociedad by Xulio Ríos

Parecía que éste iba a ser un gran año en la lucha internacional contra el cambio climático. Pero la rápida propagación de la enfermedad COVID-19 causada por el nuevo coronavirus, el SARS-CoV-2, plantea una amenaza que podría descarrilar el esfuerzo del Acuerdo de París de 2015, dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero a través de la mitigación, adaptación y resiliencia de los ecosistemas a efectos del calentamiento global. La pandemia por el coronavirus es un desafío para la acción sobre el cambio climático en múltiples frentes que ya ha interrumpido diversas negociaciones cruciales que estaban planteadas para desarrollarse antes de la cumbre del clima de Glasgow (COP26) de noviembre de 2020, que podría determinar el éxito del Acuerdo de París en la reducción de emisiones. El brote de enfermedad y el frenazo económico causado por la misma puede desplazar las preocupaciones climáticas, debilitando la voluntad política en un momento clave y, asimismo, puede alentar la quema de combustibles fósiles con la esperanza de reiniciar la economía global.

Situación actual de ambas crisis

Los científicos han afirmado en repetidas ocasiones que las emisiones globales deben reducirse a la mitad durante la próxima década para evitar que las temperaturas promedio aumenten más de 2 ° C para 2100 e idealmente, se incrementen en menos de 1.5 ° C desde los niveles preindustriales. Si no se cumplen estos objetivos, es posible que a mitad de este siglo surjan catástrofes como la inundación de las costas, el agravamiento de los incendios forestales y grandes sequías, peligros para la vida humana ya se están sintiendo hoy en día. Se piensa que existen puntos de inflexión, umbrales críticos a partir de los cuales puede darse un cambio significativo en los sistemas en el que las alteraciones causadas por el cambio climático no tendrán capacidad para recuperarse. Los principales riesgos de punto de inflexión permanecen en valores superiores a un calentamiento global de 2 ° C y la ventana para evitarlo se está cerrando con temperaturas que ya han aumentado más de 1 ° C. Las emisiones globales tendrían que disminuir aproximadamente un 3% anual en los próximos años, si bien han crecido alrededor de un 2% anual en las últimas dos décadas. Los modelos indican que incluso si se cumplen los compromisos del Acuerdo de París, la temperatura global seguramente superará el objetivo de 2° C a lo largo del siglo XXI.

El cambio climático es un gran desafío al que se enfrentan las naciones hoy en día y uno de los temas centrales en las relaciones internacionales. Incluso antes de que Estados Unidos (EEUU) se retirara del Acuerdo de París, estaba claro que los objetivos nacionales eran inconsistentes con el objetivo de temperatura de 2° C. Según William Nordhaus, Premio Nobel de Economía 2018, el acuerdo tiene dos defectos estructurales principales: no está coordinado y es voluntario. No está coordinado en el sentido de que sus políticas, si se llevan a cabo, no limitarían el cambio climático al objetivo de dos grados y es voluntario porque no hay sanciones si los países se retiran o no cumplen con sus compromisos. Se trata de una arquitectura defectuosa que inducen a que unos se aprovechen del esfuerzo de otros. Los estados deben reconceptualizar los acuerdos climáticos y reemplazar el modelo defectuoso actual con una alternativa que tenga una estructura de incentivos diferente. Nordhaus sugiere un “club climático”, un modelo que incluiría sanciones para las naciones no participantes, como multas por no participación o impuestos ambientales a quienes violen los bienes comunes mundiales, que evitaría el beneficio gratuito de los países no participantes o que no cumplan y proporcionaría incentivos para que los países se unan. De lo contrario, el esfuerzo global para frenar el cambio climático tiene grandes probabilidades de fracasar.

La crisis por el coronavirus puede cerrar algo más la ventana para alcanzar el objetivo de temperatura, y sería el último revés en una serie de desafíos que han frenado durante décadas los esfuerzos para abordar el cambio climático. En muchos países, las condiciones políticas no conducen a un fortalecimiento de la acción climática y el coronavirus tiene el poder de empeorar la situación.

Esta pandemia ha transformado significativamente la vida cotidiana y sus efectos ya se observan en la naturaleza y son visibles desde el espacio. El bloqueo de la actividad y el confinamiento de las personas en sus casas han tenido beneficios no buscados, cielos azules y limpios, menor contaminación acústica y animales como ciervos o jabalíes paseando por las ciudades normalmente colapsadas por el tráfico, nutrias nadando en sus ríos o delfines en sus puertos. En China, el número promedio de días con aire de buena calidad aumentó un 21,5% en febrero de 2020, en comparación con el mismo período del año anterior, según el Ministerio de Ecología y Medio Ambiente. Las ciudades en general muestran un ambiente más limpio y la densa niebla provocada por la contaminación ha disminuido notoriamente, o casi desaparecido, ampliándose la visibilidad de forma espectacular. Pero no sólo en las populosas ciudades, sino también en lugares como la Gran Muralla las nuevas condiciones atmosféricas permiten ahora ver en la distancia. Este fenómeno se va repitiendo una y otra vez por los demás países en los que la actividad económica va siendo frenada bruscamente debido a la pandemia, como en Nueva York, Los Ángeles, Londres, Barcelona o Madrid, donde la polución se redujo un 50% sólo en los tres primeros días de confinamiento, o en el norte de la India donde la población está reaccionando con asombro ante la visión de la cordillera del Himalaya por primera vez después de décadas.

Las imágenes de satélite publicadas por la NASA y la Agencia Espacial Europea muestran una reducción dramática en las emisiones de dióxido de nitrógeno, emitidas por vehículos, plantas de energía e instalaciones industriales, en las principales ciudades chinas entre enero y febrero. La nube visible de gas tóxico que se cierne sobre las centrales industriales desapareció casi completamente.

Un patrón similar ha ocurrido con el dióxido de carbono (CO2), liberado al quemar combustibles fósiles como el carbón. Del 3 de febrero al 1 de marzo, las emisiones de carbono de China cayeron alrededor de un 25%. China es el mayor productor y consumidor mundial de carbón, utilizando este recurso para el 59% de su energía en 2018. Además de operar plantas de energía y otras industrias pesadas, el carbón también es la única fuente de calor para millones de hogares en las vastas áreas rurales del país. Como país más contaminante, China aporta el 30% de las emisiones de CO2 del mundo anualmente, por lo que el impacto de este tipo de caída es enorme, incluso en un período corto de tiempo. Pero si bien las medidas de confinamiento diseñadas para detener la propagación del virus han provocado una disminución momentánea en los niveles de contaminación de China, los expertos advierten que, con el reinicio de la actividad, los químicos tóxicos podrían llegar a niveles más altos que antes de la epidemia. El gobierno chino ha prometido un enorme estímulo para restaurar el crecimiento en respuesta a la interrupción de la actividad económica que podría superar el impacto ejercido a corto plazo sobre las emisiones por la brusca desaceleración económica, como ya lo hizo anteriormente tras la crisis financiera global y la recesión económica interna de 2015.  Pero a largo plazo, la crisis de salud del coronavirus representa también una amenaza para la acción climática al socavar la inversión en energía limpia. El brote podría significar una desaceleración en la transición de energía limpia del mundo a menos que los gobiernos usen inversiones ecológicas para ayudar a apoyar el crecimiento económico a través de la desaceleración global.

La contaminación no solo está relacionada con la mayor o menor calidad atmosférica o con una mejor visibilidad, sino también se están haciendo estudios sobre la relación entre niveles altos de Contaminantes Climáticos de Vida Corta (CCVC), en especial de partículas en suspensión de menos de 2,5 micras (PM 2,5) y la enfermedad COVID-19, ya que facilitan la permanencia del virus en el aire y se incrementan las posibilidades de contagio. Además, se ha observado que los pacientes con coronavirus que hayan estado expuestos durante largo tiempo a altos niveles de contaminación tienen más posibilidades de fallecer por la infección que los pacientes de zonas de aire más limpio, ya que aumenta su vulnerabilidad a sufrir los efectos más severos de la infección.

La gestión de las crisis

Las crisis son situaciones que cuestionan los fundamentos, los principios que regulan la vida ordinaria y que obligan a la adopción de decisiones a pesar de la carencia de información que se produce en un contexto de ritmo rápido de acontecimientos y su gestión necesita de una respuesta multilateral, de un análisis multidisciplinar, multifocal y multireferencial. La gestión de crisis se refiere a todas las medidas tomadas antes, durante y después de una crisis para minorar o reducir el daño causado, intentar restituir las condiciones previas en el plazo más breve posible, evitando que la situación vuelva a reproducirse. De cada una de las crisis se obtiene un aprendizaje capaz de aumentar la resiliencia de los sistemas y comunidades y que puede ayudar a la gestión de nuevas crisis.

La escala de la respuesta a la pandemia de coronavirus lleva a cuestionarse en qué situación estaría el mundo si se llevara a cabo una gestión de la crisis climática con un nivel similar de urgencia. En la mayoría de los países, los gobiernos y los ciudadanos han sido capaces, en muy poco tiempo, de cambiar los hábitos diarios. La gestión de la pandemia ha demostrado que los gobiernos pueden actuar y hacer posible este tipo de movilización de recursos y las personas pueden cambiar su comportamiento. Sin embargo, ante la crisis climática global no se han planteado medidas de acción proporcional.

En ambas crisis, la comunidad científica está lanzando avisos inequívocos sobre lo que es necesario hacer. Desde el comienzo de la pandemia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) avisó de unos niveles alarmantes de inacción en la respuesta global ante el coronavirus. Es una advertencia que se lleva ya realizando desde hace tiempo respecto al cambio climático, pero a la que no se presta la atención necesaria. Ambas son amenazas transnacionales que necesitan de una respuesta global, rápida y agresiva para minimizar sus efectos. Ambas amenazas, además, involucran a la salud pública, la primera causando la enfermedad directamente y, la segunda, matando a innumerables seres humanos en desastres climatológicos extremos y que, a su vez, provocará el desplazamiento de cientos de millones de personas de sus hábitats habituales. Al igual que el coronavirus, las personas que habitan en las zonas con menos recursos, son las que reciben el mayor impacto por el cambio climático.

Algunos analistas rescatan estos días el término «peligros de cielo negro», las amenazas naturales y/o artificiales que pueden perturbar los sistemas y las interdependencias entre los recursos y la infraestructura de los que depende la mayor parte del planeta. Este concepto es fácilmente aplicable a amenazas como la pandemia que nos azota o el cambio climático. Es urgente activar planes globales contra estos «peligros de cielo negro» y son las instituciones internacionales, a través de la colaboración multilateral entre los diferentes países, las que podrían ejercer el liderazgo necesario para conseguirlos.

Pero nos seguimos preguntando por qué no se toma en serio el riesgo climático. La política y la psicología parecen jugar un papel importante. En primer lugar, el cambio es difícil cuando hay una industria poderosa que lo bloquea, al tener mucho que perder si el mundo actúa con decisión ya que el poder arraigado necesita mantener su statu quo. En el caso de los combustibles fósiles, la industria ha llevado la negación de la ciencia climática a la conciencia pública y ha manipulado contra las políticas que podrían frenar las emisiones de gases de efecto invernadero En segundo lugar, tenemos la psicología humana. Al igual que con el cambio climático, nuestra capacidad colectiva para enfrentarnos a la pandemia está determinada por nuestros cerebros. No somos buenos pensando en el mañana y, precisamente por ello, los economistas y psicólogos afirman que es de mayor importancia que los líderes promulguen políticas que nos permitan protegernos contra riesgos futuros. La naturaleza de un riesgo importa en cómo reaccionamos ante él. El coronavirus puede considerarse una amenaza actual sobre la cual existe una gran incertidumbre sobre su escala e impacto. En contraste, el cambio climático es predominantemente una amenaza futura, a pesar del creciente número de desastres relacionados con el clima que ocurren cada año, aunque exista un alto nivel de confianza en que su impacto a largo plazo sin intervención será catastrófico para la humanidad. Esta diferente percepción hace que la reacción ante el coronavirus sea mayor, no existiendo una oposición masiva para tratar de abordar el problema, como ocurre ante el cambio climático.

Impacto de la crisis del coronavirus sobre la energía verde

Es probable que la pandemia provoque un contagio económico que detenga muchos proyectos de infraestructura, incluidas las inversiones en energía limpia necesarias para evitar una catástrofe climática. Existe una importante ventana de oportunidad en este momento, y los gobiernos deberían utilizar los paquetes de estímulo económico que se están planificando para ayudar a los países a superar la recesión para invertir en tecnologías de energía limpia.

Los precios del petróleo han registrado estas semanas su mayor caída desde 1991, y, en una visión tradicional, se piensa que perjudica los esfuerzos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, ya que se consume más petróleo y se descartan alternativas verdes. Según muchos analistas, durante un período de crisis económica, las preocupaciones climáticas a menudo se desvanecen y si países como China intentan revitalizar su economía subsidiando industrias contaminantes como el acero y el cemento, las emisiones podrían dispararse en los próximos meses.

Pero hay otro escenario posible, ya que el desplome de la economía por el coronavirus ha mostrado a la población que existen otros modos de trabajar y pudiera convertirse en un punto de inflexión para pensar y desarrollar nuevos modelos, nuevas estructuras organizativas. Los gobiernos podrían aprovechar este momento para promulgar políticas climáticas novedosas. Los bajos precios del petróleo pueden convertirse en una oportunidad para eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, que han aumentado en los últimos años, o aumentar los impuestos sobre las emisiones de dióxido de carbono, ya que es menos probable que los consumidores sientan el impacto. Eso favorecería el desarrollo de las energías verdes que, además, se van abaratando cada vez más. Los obstáculos políticos son enormes, aunque el progreso tecnológico puede facilitarlo al reducir los costos de acción. En las décadas venideras, la innovación podría lograr grandes avances, como importantes recortes en las emisiones mediante la “descarbonización profunda”. Eso significará remodelar diferentes sectores de la economía global, incluida la energía eléctrica, el transporte y partes de la agricultura, al reforzar el cambio positivo donde ya está sucediendo e invertir mucho donde no está.

Estos dos escenarios cuestionan si el esfuerzo por revivir la economía mundial después de la pandemia acelerará las emisiones de gases de efecto invernadero, en lugar de evitar el cambio climático. Ello dependerá de si las grandes economías del mundo, como China y los Estados Unidos, usarán este momento para promulgar políticas de crecimiento verde o para continuar apuntalando las industrias de combustibles fósiles. Según los defensores del medio ambiente, el desafío radica en un cambio de comportamiento y en la inversión en infraestructura, necesarios para que la reducción en las emisiones se vuelva estructural. Si la pandemia por el coronavirus lleva a un colapso económico en toda regla, fácilmente podría drenar el dinero y la voluntad política de los esfuerzos climáticos y la expansión en energía verde. China es un importante centro de producción de tecnologías solares, eólicas y de baterías y se encuentra muy bien posicionada para introducir estos cambios. Según los analistas, la respuesta al coronavirus podría actuar como catalizador para la inversión estructural a medida que las empresas revisan su resiliencia, incrementando las prácticas respetuosas con el medio ambiente.

La cooperación como necesidad de acción

Una enseñanza que nos ofrece la actual crisis del coronavirus es que la humanidad, como sociedad global, debe estar preparada para afrontar crisis similares a la que estamos viviendo. Por parte de científicos y analistas se ha alertado en numerosas ocasiones de la probabilidad de que ocurran acontecimientos de estas características y que harán de la salud de la población uno de los grandes desafíos del siglo XXI.

Resulta evidente que, en el mundo actual multipolar, en el que no existe un hegemón definido, cualquier esfuerzo colectivo es difícil de organizar y, más aún, debido a la profunda incertidumbre sobre el futuro que hace que no se realicen movimientos decisivos. En anteriores crisis mundiales como la crisis económica de 2008, o la del Ébola de 2014, Estados Unidos tuvo un papel de líder mundial, sin embargo, el actual gobierno parece haber renunciado al liderazgo y ha decidido mantenerse aislado. La ONU ha estado inoperante y la respuesta de la Unión Europea ante la crisis tampoco ha existido y ha puesto en evidencia la falta de unión entre los distintos miembros.

China, sin embargo, una vez contenidos los episodios más graves de la pandemia en su territorio, ha iniciado una campaña de ayuda internacional, asumiendo el liderazgo y colaborando con los países afectados tanto con el envío de material sanitario como de personal especializado y ejerciendo su responsabilidad global, en concordancia con su política exterior basada en el desarrollo pacífico y la cooperación de beneficio mutuo entre las naciones. Aunque a su vez, en un momento crítico en el que no hay un claro liderazgo mundial y EEUU se resiste a perder su poder hegemónico, la actuación china despierta recelos y está siendo criticada por su falta de transparencia a la hora de gestionar la crisis en su territorio y negarse a una investigación sobre el origen del coronavirus y, también, por lo que ya se conoce como la “diplomacia de mascarilla”, considerada como un intento de mejorar su imagen y posicionarse dentro del tablero geoestratégico mundial.

Este momento crítico ha puesto en evidencia la vulnerabilidad del mundo actual, su falta de resiliencia, y se ha reflejado en comportamientos inusitados en una lucha por conseguir recursos sanitarios, bloqueos comerciales o compitiendo en el desarrollo de vacunas que sirvan a los intereses nacionales. Todo ello suscita graves preocupaciones, ya que parecería que estamos transitando hacia un mundo de suma cero en un momento en el que la cooperación mundial es más necesaria que nunca. El mundo deberá decidir a partir de este momento entre la tentación de la vuelta al soberanismo nacional o la búsqueda de mecanismos más eficaces de interacción global. Las amenazas transnacionales como, en este caso, la crisis climática o la pandemia por el coronavirus necesitan de una respuesta global, de los acuerdos y la colaboración entre todos los países en busca del beneficio común. En la compleja y preocupante situación actual mundial, es fundamental la cooperación estable entre las dos grandes potencias, Estados Unidos y China, pero mientras ese acercamiento no se produzca y Washington persista en su política de “América primero” es necesario, además, una participación más proactiva de la Unión Europea y los otros países desarrollados del G20, un trabajo coordinado entre las diferentes naciones que facilite un papel mucho más activo de las organizaciones multilaterales con capacidad acreditada de convocatoria, como las Naciones Unidas. Para ello, es necesario la implantación de mayores recursos integrados para la gestión de estas amenazas transnacionales y poder prevenir o reducir su impacto y las consecuencias desastrosas que todo ello plantea a la humanidad.

La rápida propagación de COVID-19 es un sombrío recordatorio de cómo las fuerzas globales no respetan fronteras y de los peligros de ignorar los problemas globales hasta que amenazan con abrumar a los países que se niegan a prepararse y cooperar. Esta crisis causada por la pandemia del coronavirus supone también oportunidades, ya que puede mostrar el camino para una mayor coordinación de esfuerzos y la creación de capacidades a nivel transnacional ante otros retos globales para la seguridad humana como el cambio climático. La gestión de esta crisis global necesita de la cooperación, dejando a un lado enfrentamientos y acusaciones, de la acción coordinada entre países para intentar incrementar la resiliencia, restituir las condiciones previas en el plazo más breve posible, en un aprendizaje que evite que otras futuras crisis generen tragedias aún mayores que la actual.